Tengo miedo “lo normal”

Publicado por Almudena a las 11:59 Miércoles 20 de agosto de 2014

La una de la madrugada y un imbécil se la saca a la entrada del metro cuando paso por la puerta a escasos metros.

Cerca de Moncloa, también de noche. Un tipo empieza a seguirme mientras regreso a casa sola por una calle vacía. No recuerdo haber visto nunca tantos bares cerrados en Madrid.

Haciendo autostop: salí en cuanto pude del coche, huyendo del contexto… mientras aún era “solo” contexto. Esta vez iba con una amiga.

Campamento de instituto y un gilipollas empieza a tocarme mientras duermo. Aún me culpo por quedarme paralizada, por no ser capaz de levantarme y darle la grandísima hostia que merecía. Aún me culpo por la vergüenza, por el asco, por girarme sin decir nada y seguir haciéndome la dormida (ahora en posición fetal, con los brazos cruzados sobre el pecho).

Estas son mis pequeñas heridas. Pequeñas porque a mí nunca me ha pasado “nada”. Pequeñas cuando se comparan con otras: con las de la gran mayoría de mujeres en España y en el mundo. De ellas, se estima que el 35% ha sufrido algún tipo de violencia sexual por parte de su pareja o de un desconocido. El 35% de las mujeres. 1225 millones de seres humanos sometidos a tortura de manera cotidiana.

Tortura es una definición que no se usa lo suficiente en estos casos, pero resulta especialmente adecuada: un tipo cualquiera se aprovecha de su posición de poder (dada por su fuerza, porque son cinco, porque ella estaba borracha, porque simplemente no la considera una persona). Le arrebata a la víctima su libertad, su dignidad, la utiliza como un saco de carne, la humilla, la hiere. Y utiliza para ello uno de los ámbitos más delicados y trascendentes en la vida de una persona: el sexo. Una violación no es una agresión más, no se trata solo del dolor físico, no es comparable a ningún otro tipo de violencia: el torturador disfruta destruyendo lo que difícilmente volverá a ser íntimo o valioso para la víctima, le arrebata toda su vida. Mientras, otros tres la sujetan y el quinto lo graba. Cinco veces. El vientre en canal, un dolor insoportable y los hijos de puta disfrutando. Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco veces.

Tómate el tiempo que dura una paja y repite: Una. Dos. Tres. Cuatro. Cinco veces, de tortura, ininterrumpida.

 

 

Ya ves. Con todo, yo he tenido mucha “suerte”. Porque me han amenazado “lo normal”. Porque “apenas” me han agredido. Porque tengo “poco” miedo a viajar sola, a hablar con desconocidos sola, a actuar como un ser humano libre y autónomo y no como una potencial víctima cada día de mi vida. Poco miedo. Un poco. Como todas.

“Busca un amigo que te acompañe”. “Cuidado que a esas horas ya no hay nadie por la calle”. “Hazme una perdida cuando llegues”. ¿Vosotras también teníais esa compañera a la que dar un toque de regreso a casa? Lo normal, somos afortunadas. O así es como deberíamos sentirnos, a juzgar por las declaraciones del alcalde de Málaga. A fin de cuentas, más de mil millones de seres humanos sufren este tipo de tortura en todo el mundo, “más de mil violaciones al año en España”: no vayamos a montar un pollo ahora porque venga otra a engrosar la estadística. “No vayamos a crear ahora la imagen de que Málaga es un espacio inseguro”. Málaga es seguro “lo normal” y lo será aún más cuando este tema regrese a la sombra de los medios, a preocuparnos también “lo normal”. Lo importante es que la fiesta continúe y a la que no le guste, que se compre un silbato.

Falta algo, sí, pero no una tilde

Publicado por Iñaki a las 13:59 Sábado 16 de agosto de 2014

Llevamos a vueltas con la no-tilde en solo desde la decisión de la RAE en la nueva Ortografía de suprimir dicho caso especial infundado definitivamente —con muy buen criterio a mi entender, como ya argumenté en diversas ocasiones por aquí: 1, 2 y 3—. Leo hoy el siguiente tweet:

Vemos que se defiende la tilde en el adverbio solo reseñando la siguiente cita: «Para vivir solo necesito una conexión a Internet». Ciertamente, existe ambigüedad, eso no es discutible. ¿Para vivir solo, con solo adjetivo, o solamente necesito una conexión a Internet, con solo adverbio? Sin embargo, veremos por qué este caso no es una justificación válida para tildar el adverbio. Hay algo que falta aquí, sí, pero no es una tilde.

La oración no se encuentra en su orden —llamémosle— canónico, puesto que el complemento se halla antepuesto. La frase reordenada para los dos significados que dan origen a la ambigüedad quedaría así:

  1. Solo necesito una conexión a Internet para vivir, con solo adverbio.
  2. Necesito una conexión a Internet para vivir solo, con solo adjetivo.

Aquí ya no hay duda: se deshace la ambigüedad. El problema viene cuando, con el propósito de enfatizarlo, anteponemos el complemento 1) para vivir o 2) para vivir solo, de forma que ambos significados se entremezclan. Pero no nos engañemos: hay un elemento que falta aquí, como decíamos, que no es la tilde y deshace la ambigüedad sin ningún problema, y ese elemento es la coma.

¿Cómo pronunciamos ambas oraciones con el complemento antepuesto? Piénselo. O dígalo en voz alta si es necesario. Efectivamente, hacemos una pequeña inflexión después del complemento que marca el sentido claramente y deshace la ambigüedad (además, en el lenguaje oral, no hay tilde en solo que valga…). Dicha inflexión, que no pausa, se marca con una coma, porque, recordemos, la coma no es una pausa, aunque a menudo coincida. Veamos:

  1. Para vivir, solo necesito una conexión a Internet.
  2. Para vivir solo, necesito una conexión a Internet.

Problema resuelto. Fin de la discusión.

La mujer invisible

Publicado por Almudena a las 16:54 Viernes 15 de agosto de 2014

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Saqué esta foto hace dos días en el aeropuerto de Doha. Las gafas que lleva son para ver: todo lo que se pueda ver a través de un velo negro, se entiende.

A mí me recordó al protagonista de otra película mucho más célebre… con un título especialmente apropiado.

Patriotismo suizo

Publicado por Iñaki a las 23:27 Lunes 28 de julio de 2014

Si alguien tiene el día jocoso y creativo, he aquí el archivo vectorial de esto. El mapa original está sacado de Wikimedia Commons.

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La física del sonido orquestal

Publicado por Iñaki a las 9:00 Sábado 19 de julio de 2014
Dublin Philharmonic Orchestra. Autor: Derek Gleeson. Fuente: Wikimedia Commons.

Dublin Philharmonic Orchestra. Autor: Derek Gleeson. Fuente: Wikimedia Commons.

La disposición de una orquesta sobre el escenario se entiende históricamente por adición paulatina. A partir del cuarteto de cuerda, multipliquemos las voces para obtener una orquesta de cuerda. Oboes y trompas dan color; quizás un par de timbales al fondo para reforzar ciertas partes. Las trompas se hacen a un lado para dejar sitio a más viento madera: flautas, fagotes y clarinetes; detrás, las trompetas. Los trombones son excelentes para determinados efectos, hasta que se convierten en miembros de pleno derecho gracias a Schubert. Tuba, más y más percusión —en general, más de todas las voces—, y finalmente obtenemos la gran orquesta romántica que seguimos manteniendo hoy en día.

Las variaciones dentro de este marco responden a diferentes criterios. Hay criterios más objetivables, principalmente acústicos, como el de agrupar los graves en la misma zona derecha (desde la perspectiva del director y el público) donde se sitúan tradicionalmente cellos y contrabajos. Otros son más subjetivos y pueden venir de parte del director o el compositor. En cualquier caso, no se decide a la ligera: se deben tener muy en cuenta las interrelaciones, a todos los niveles, existentes entre todos los instrumentos, puesto que una mala disposición, como veremos en el caso de las trompas, puede tener consecuencias catastróficas.

Continúa leyendo mi última aportación al Cuaderno de Cultura Científica.

Es bien conocido que, habitualmente, los trompistas que se quejan amargamente al ser colocados delante de los timbales. ¿Hay alguna razón de ser en esto? Las trompas tienen una peculiaridad importante. Así como el resto de instrumentos de viento, por construcción, se tocan con la campana orientada hacia adelante (trompeta, clarinete, etcétera) o hacia arriba (fagot, tuba), un trompista sostiene su instrumento de esa forma tan característica, con la campana hacia el lado derecho y ligeramente hacia atrás, con la mano en su interior. Esto las hace un blanco perfecto en el que las ondas sonoras procedentes de sus compañeros de atrás —percusionistas todos— impactan con dureza. Pero, ¿realmente esto puede perjudicar de alguna manera al intérprete? Tenemos una causa probable; ahora necesitamos un mecanismo físico que nos dé una explicación del posible fenómeno.

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Los tubos de los instrumentos, en la dirección boquilla-campana, tienen dos propósitos fundamentalmente. El cuerpo actúa como un resonador para producir las diferentes notas. La campana, por su parte, suaviza el paso del aire del cuerpo al exterior y mejora la radiación del sonido; la proyección, diría un músico. Este elemento, en apariencia insignificante, es muy importante sin embargo. Las paredes del instrumento imponen unas restricciones obvias al paso del aire, mientras que, al salir del instrumento, estas desaparecen. La campana no hace otra cosa que hacer esta desaparición más progresiva, a esto nos referimos con suavizar. De esta forma, se evitan en la medida de lo posible efectos turbulentos indeseados en la circulación del aire. Un instrumento de viento sin campana es percibido por el ejecutante como más duro, con mayor resistencia a la emisión.

Como nota al margen, ¿por qué una flauta travesera no tiene —no necesita— campana entonces? Muy sencillo: el aire no fluye —principalmente— por el cuerpo, sino que la mayor parte rebota en la boquilla y sale por el mismo bisel por el que se introduce. Es ahí donde hay que tratar de suavizar la salida.

Volviendo a la trompa, ¿cómo actúa el cuerpo de un instrumento en la dirección opuesta a aquella para la que está pensado? Pues fundamentalmente igual: la campana recoge, adapta, suaviza —esta vez, del espacio libre hacia el interior, como una oreja o una trompetilla para sordos—, y el cuerpo transmite las vibraciones hacia la boquilla. Serían estas perturbaciones en la propia boquilla las causantes del malestar de los intérpretes. Podemos encontrar numerosos testimonios —como el del afamado Gunther Schuller, trompista y autor de un tratado de referencia para este instrumento— que reportan que el golpeo de un timbal produce cortes y carraspeos en las notas emitidas por el trompista, se siente «como un puñetazo en la boca» y puede afectar a la resistencia del propio músico.

¿Hasta qué punto esto es así? ¿Son los trompistas unos quejicas? Nada de eso: hay datos científicos que lo confirman. Se trata del trabajo The effect of nearby timpani strokes on horn playing, publicado este mismo año en el Journal of the Acoustical Society of America. Dicho trabajo está centrado en dos propósitos: hallar la función de transferencia a la inversa —dirección campana-boquilla— de una trompa (enseguida pasamos a explicar qué diablos es esto) y estudiar el efecto del golpeo de un timbal en diferentes parámetros del sonido del instrumentista, como la amplitud, estabilidad y afinación.

La función de transferencia es un concepto muy potente y útil para físicos e ingenieros. Sin entrar en muchos detalles, se trata de la descripción matemática de cómo un sistema, visto como una caja negra de la que no nos importa qué hay dentro y qué hace, afecta al paso de algo a través del mismo. Más concretamente, es lo que sale de un sistema cuando a la entrada hemos puesto un pulso instantáneo de amplitud infinita (que además tiene nombre: Delta de Dirac). Esto es así porque, si analizamos matemáticamente dicho pulso, vemos que tiene el mismo nivel de energía a todas las frecuencias posibles, por lo que poseemos la información completa y perfecta de nuestro sistema: qué le hace a cualquier frecuencia que se le introduzca.

Pero un momento, un momento… ¿he dicho «pulso instantáneo de amplitud infinita»? ¿Cómo es posible eso? Evidentemente, no lo es: es una descripción matemática, no física. Lo mejor que tenemos en la realidad es un golpe muy corto y muy fuerte. En el caso que nos ocupa, el sistema, la caja negra, es la trompa. La entrada es la campana y la salida es la boquilla. Por tanto, para medir su función de transferencia, basta con producir un sonido —un ruido, un golpe, mejor dicho— fuerte y breve, y grabar y analizar qué llega a la boquilla. ¿Os suena a algo? ¿A golpe de timbal, quizás?

Los resultados del estudio muestran sin lugar a dudas que la trompa recoge y comprime las ondas de presión sonoras (recordemos que el tubo es cónico) hasta llegar a la boquilla, donde se da una ganancia de hasta 26 dB. Esto es, las vibraciones se van intensificando considerablemente al viajar hacia la boquilla. No es que estemos fabricando energía de la nada, al contrario; de hecho, hay pérdidas. Lo que ocurre es que partimos de una superficie muy grande, la campana, que recoge energía y la transmite hasta una superficie muy pequeña, la boquilla. Y, por supuesto, los autores han comprobado que los efectos en el trompista pueden ser muy perjudiciales: irregularidades en la amplitud del sonido que persisten durante segundos, desafinaciones y notas que llegan a cortarse si el matiz es piano, consecuencias que se ven acentuadas cuando la nota del timbal es próxima a la que produce la trompa —cosa que sucede habitualmente—.

Y he aquí lo prometido. Se hace evidente que conseguir un buen sonido orquestal tiene más ciencia detrás de lo que pudiera parecer en un principio, y eso que lo descrito aquí es tan solo una pincelada de todos los problemas que surgen al tratar de coordinar y combinar decenas de instrumentos tan diferentes entre sí. Espero que, la próxima vez que asistáis a un concierto de música clásica —y, en general, de cualquier tipo—, estos detalles sean un añadido a vuestra experiencia a la hora de valorar y disfrutar de la música.

La investigación científica: un símil

Publicado por Iñaki a las 12:20 Viernes 18 de julio de 2014

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

El saber humano es como una casa con multitud de habitaciones. Unas son más grandes, otras más pequeñas, pero todas tienen su encanto. La mayor parte de las personas se pasean con desinterés, otras con displicencia, por un pequeño conjunto de salas. Otras van de aquí para allá, como abejitas, contando a todo aquel con el que se cruzan lo que sucede en las otras habitaciones. Los más raritos, incluso, le cogen cariño a una en concreto y hacen de ella su sala de estar.

Esta casa, nuestra casa, tiene unas cuantas peculiaridades. Por ejemplo, las habitaciones no tienen dueño ni puertas, y son todas exteriores. Aunque, realmente, esto da igual, porque tampoco hay ventanas. Tan solo está el muro exterior, compuesto de multitud de materiales: algunas zonas son de cartón, otras de madera, ladrillo e incluso de acero… pero es imposible distinguirlas, puesto que todo él está pintado de un solo color.

Pues bien, la investigación científica consiste en entrar en una habitación, acomodarte en ella, escoger un rinconcito del muro exterior y darle cabezazos hasta hacer un agujero. Con la convicción de que, por supuesto, detrás habrá más muro del mismo color aburrido.

Y, a pesar de todo, la casa, nuestra casa, ha pasado a ser un poquito más grande, y ese momento es impagable.

Un río de cláxones

Publicado por Almudena a las 9:00 Miércoles 16 de julio de 2014

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En ciertos países, los cláxones de los coches no sirven para expresar peligro o protesta. No tienen ningún significado concreto, de hecho. Más bien, cumplen una función fática. Algo así como «estoy aquí, te he visto y espero que me hayas visto porque las señales de tráfico son claramente insuficientes». Los cláxones solo constatan que existe un canal de comunicación y, por eso, su murmullo, construido a partir de brevísimos pitidos, es constante: como los carraspeos en una conversación, como los ahá o las risas aprobatorias.

Cebú es una isla alargada recorrida por un largo río de cláxones-carraspeo. La carretera principal une su mayor ciudad, Cebu City, con los extremos septentrional y meridional de la isla. Pero cuando hablo de ciudad y cuando digo carretera principal, es difícil que un europeo imagine este tipo de ciudad o este flujo de vehículos desordenado. Aunque Cebú City sí se parece bastante a un centro urbano, tal y como lo entendemos, no es posible determinar dónde acaba: las casas se siguen extendiendo a lo largo de esa carretera que hemos llamado principal, aunque tampoco resulte adecuado. El lugar donde me encuentro, Minglanilla, está claramente fuera de Cebú según la frontera estipulada y, sin embargo, de camino a la residencia, no pude saber en qué momento salíamos de Cebú o en qué punto comenzaba Minglanilla. En todo momento, hay viviendas que se amontonan en torno a esta carretera, sin plan urbanístico o autorización previa probable: como vegetación en torno a un ruidoso río.

La misma carretera resulta también caótica y, de algún modo, orgánica. Mi expectativa occidental nota la ausencia de estándares, de normas a las que atenerse, de una velocidad límite por abajo o, aunque no sería necesaria, por arriba: y es que en esta vía conviven lentamente coches, pequeños autobuses (multi cabs, como los llaman), motos y bicicletas con sidecar y sombrilla, transeúntes que se arriesgan a cruzarla e incluso algún que otro animal. No existen carriles, rótulos de ceda el paso, previstos o imprevistos. Solo pi-pi, moc-moc, y espero-que-me-veas.

Frente el ruido y el desorden, el lugar donde me alojo se me antoja como una especie de dique. El colegio Mary Help, justo al borde de la carretera, es una pequeña burbuja de jardines ordenados. Aquí los niños hablan inglés, visten sus uniformes blancos, caminan en fila y solo sudan porque no les queda otro remedio. De vez en cuando, a lo lejos, se intuye el sonido de los cláxones (pi-pi, moc-moc), pero es el eco de un río muy, muy lejano.

Para algunos de los alumnos, no obstante, este dique de contención es aún más poderoso que para otros: son las alumnas becadas o outreach students, como las llaman aquí. Estas niñas proceden de las zonas pobres de un país pobre. Alumnas que no tienen ningún recurso, que en muchos casos viven en chabolas, que están malnutridas o que perdieron su no-vivienda durante el tifón Yolanda. Es posible que ellas, más que nadie, encuentren aquí su dique de contención. Una forma de enfrentarse a la corriente de la pobreza: gracias a la educación, la única forma de romper su poderosa inercia.