Categoría: Ciencia

Artículos de divulgación científica.

Sobre números, pragmatismo y ética

Publicado por Iñaki a las 14:00 Jueves 30 de abril de 2015

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

En abril de 2009, un médico francés rechazó a un donante de sangre en base a una Orden Ministerial de ese mismo año que establecía exclusión permanente de la donación a «hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres» por considerarse un riesgo para los receptores. El donante recurrió a Estrasburgo y de allí la causa se elevó al Tribunal de Justicia de la UE (TJUE). Ayer, todos los medios se hicieron eco de la publicación de la sentencia de una manera que, personalmente, creo que deja bastante que desear en general. Como consecuencia, se han dicho muchas burradas al respecto.

Desde luego, titulares como «El TJUE avala la prohibición de donar sangre a homosexuales» no ayudan. Yo entiendo que un titular es un titular, pero un tema tan delicado requiere una elección de las palabras mucho más precisa y un tratamiento mucho más cuidadoso (cualidades que, por cierto, sí tiene el texto de la sentencia). Si tenéis que leer una sola noticia sobre el tema, que sea esta. El titular tampoco es ninguna maravilla, pero el cuerpo de la noticia, recogido de EFE Bruselas, es la explicación más fiel que podéis encontrar en los medios fuera de la propia sentencia. Aquí me gustaría dejar un análisis más sosegado y racional de todo el embrollo si me es posible.

El dilema ético sobre el rechazo de donantes varones que han tenido relaciones con otros hombres (de aquí en adelante y por abreviar, MSM, de men who have sex with men) viene de largo. Ojo, el término es preciso: no se dice homosexuales y no es un eufemismo, es literal. Pertenecer al colectivo MSM se considera factor de riesgo frente a enfermedades víricas de transmisión sexual como VIH, hepatitis C, etc. ¿Por qué? ¿Qué fundamento puede tener algo así?

Aquí entran en juego los números. Históricamente (permitidme el palabro aunque hablemos de los últimos 30-40 años), el colectivo MSM ha tenido una prevalencia de este tipo de enfermedades de hasta un par de órdenes de magnitud por encima de la población heterosexual, y lo mismo ocurre con la incidencia (tasa de nuevos contagios). Dicho en román paladino, si coges una muestra aleatoria de personas MSM, hay una probabilidad mucho mayor de que haya alguien infectado que si la muestra es de personas heterosexuales.

Esto, en epidemiología, se denomina factor de riesgo, y es la base de esta ciencia, porque rara vez contamos con las causas últimas. Ejemplo tonto: de repente descubrimos que el 50 % de los zurdos mueren antes de los 30 años. Ser zurdo en sí no mata, pero está claro que sería considerado un factor de riesgo de muerte prematura. Ejemplo más tonto todavía: ser mujer es un factor de riesgo para padecer cáncer de mama.

Volviendo al tema que nos ocupa, efectivamente, suena crudo, suena duro, suena estigmatizante. Pero es así. Uno esperaría que, con los años y la educación sexual, esta desproporción en la prevalencia entre MSM y heterosexuales se hubiese mitigado, pero no (ejemplo, ejemplo, ejemplo patrio). En algunos lugares, incluso ha ido a peor, como es el caso de… Francia, efectivamente. Suena duro y se refiere a un colectivo que todavía hoy está muy discriminado, pero hablamos de epidemiología y salud pública: no podemos simplemente ignorar un factor de riesgo que puede afectar a toda la población. Ojo, también hay que añadir, en contraposición a lo que he leído por ahí, que una persona heterosexual que mantiene relaciones de riesgo también se excluye de las donaciones, evidentemente.

Prevalencia VIH

Ahora bien, diréis muchos, ¿acaso no hay controles? ¿Acaso no se analiza cada gota de sangre que se dona? Efectivamente, se hace. Y efectivamente, los tests han mejorado muchísimo desde los años 80. Hoy es mucho más difícil justificar una decisión así porque tenemos muchos más medios y recursos, pero, de nuevo, los números mandan. Por bueno que sea, ningún test es perfecto: siempre hay cierto porcentaje de falsos negativos (el test da negativo, pero la persona está infectada). Y la probabilidad de que se cuele una infección es tanto mayor cuanto mayor sea la prevalencia en la población analizada. Así de puto es el Teorema de Bayes. Por tanto, llegado cierto nivel de prevalencia, puede resultar aconsejable tomar la impopular senda del pragmatismo por el bien común.

Esto por un lado. Con este background, volvemos al tema del día que es la sentencia en sí. Lo primero que hay que tener claro es que el TJUE no juzga el caso concreto del ciudadano francés (eso le corresponderá, en todo caso, a un tribunal francés), sino si la Orden Ministerial francesa entra en conflicto con otras directivas o no, es decir, si prohibe el rechazo de donación de MSM. La sentencia podría resumirse de la siguiente manera:

Yo, TJUE, no puedo prohibirte a ti, país, que apliques restricciones en la donación si hay causas científicas y justificadas detrás, pero puedo meterte un puro así de gordo si no están justificadas y, por tanto, se sospecha que son discriminatorias.

Perdonadme, pero yo no veo la homofobia por ningún lado. No esta vez.

Actualización: Aquí un magnífico artículo de @sophiereloaded que abunda en el caso francés. Complemento perfecto a este artículo que no os podéis perder.

Actualización: Otro magnífico artículo de @hidroboy83 que analiza pormenorizadamente la sentencia del TJUE y sus implicaciones.

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El parto de la inmaculada pulgona

Publicado por Almudena a las 14:57 Miércoles 15 de abril de 2015

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

the greenfly birth

La imagen que encabeza estas líneas es obra de Máher Fáhim y captura un hecho que, a muchos, nos puede resultar sorprendente: el parto vivíparo de un insecto ¡por partenogénesis! Eso… o Bambi pintado de verde: viendo la foto, uno casi se puede imaginar al bichejo verde intentando erguirse, cual potrillo peludo, sobre sus recién estrenadas patas. Pero no: el retratado es un áfido, está completamente calvo y no recibirá ni una gota de leche de su madre. Más bien, se pasará el resto de su vida succionando la savia de alguna desdichada planta.

Existen más de 4000 especies de insectos Aphididae. De ellas, unas 250 son plagas para los cultivos. De hecho, los que tengáis plantas conoceréis mejor a los áfidos más comunes como “pulgones”. Gran parte del éxito de algunas de estas especies se debe a su peculiar forma de reproducción: cada año, tras el invierno, los pulgones eclosionan para comenzar un nueva estación reproductiva. O, mejor dicho, las pulgonas, ya que todos los huevos dan lugar a áfidos hembra también llamadas fundadoras o fundatrígenas. Las fundadoras son vivíparas y se reproducen por partenogénesis: es decir, dan a luz a clones idénticos a sí mismas. En algunas especies, cada pulgona puede dar lugar a 40 generaciones (centenares de hijas) durante una temporada de reproducción. Otras presentan, incluso, generaciones telescópicas: esto es, una madre puede dar a luz a otra pulgona que a su vez ya está embarazada. El ataque de los clones… contra el jardinero.

Sólo la última generación del año es algo diferente. En otoño, quizás debido al cambio de la temperatura, la duración de la luz o la cantidad de alimento disponible, las áfidas dan a luz tanto a hembras como a machos. Los machos tampoco son muy distintos de la madre (a fin de cuentas, la reproducción de esta última también ha sido asexual), pero tienen un cromosoma sexual menos. Los áfidos hembra y macho se reproducen y, esta vez sí, las hembras ponen huevos que aguardarán a la primavera siguiente para eclosionar y dar comienzo a un nuevo ciclo.

Sobre el autor de la fotografía: Máher es biólogo, maestro de la fotografía macro y genial retratista de bichos en general. Os recomiendo encarecidamente visitar su galería de Flickr.

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Gafas para daltónicos

Publicado por Iñaki a las 13:00 Lunes 13 de abril de 2015

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

Todos sabemos qué es el daltonismo, o creemos que lo sabemos. Si le preguntamos directamente a Google, nos responderá:

Defecto de la vista que consiste en no distinguir ciertos colores o confundirlos con otros.

Pero aquí cabe preguntarse, ¿cómo vemos? La vista es una interfaz de entrada más que nos permite desenvolvernos en el mundo que nos rodea. En concreto, es una pequeña ventana por la que asomarnos a una parte del espectro electromagnético que nos aporta mucha información para formarnos una imagen detallada (nótese que no digo precisa) de nuestro entorno.

Nuestra vista tiene como dispositivo de entrada el ojo, una pieza de hardware bastante compleja a la par que complicada. Aparte de enfocar la luz en un punto mediante una lente, tiene células especializadas en la captación luz y posterior transducción en la correspondiente señal neuronal. Hay dos tipos de células fotorreceptoras: los bastones y los conos. Los primeros tienen una gran sensibilidad y su señal nos sirve solo en condiciones de muy poca luz. Los segundos son los responsables de nuestra visión en condiciones normales.

Respuesta frecuencial de los conos

By OpenStax College [CC BY 3.0], via Wikimedia Commons

Pero un momento… todavía no nos hemos hecho una pregunta incluso más pertinente que la primera: ¿qué es el color? Nuestro ojo posee tres tipos de conos, y su respuesta en frecuencia (qué parte del espectro captan) se encuentra sobre estas líneas. Como se puede observar, tenemos receptores de onda corta (que se corresponde con el azul), onda media (verde) y larga (rojo). ¿Esto quiere decir que captan azul, verde y rojo respectivamente? No: simplemente quiere decir que los tres tipos de conos envían una señal diferente al encéfalo. Es este último el que, mediante dichas señales, se hace una composición de lugar y forma la imagen que vemos y los colores que percibimos.

Por tanto, podemos decir que los colores no existen —como concepto absoluto—; lo que existe es la luz a diferentes frecuencias. El color no es más que la respuesta a la primera pregunta: cómo vemos. El cerebro dispone, gracias a los conos, de tres señales diferentes, de los valores de intensidad en —podríamos decir— tres dimensiones independientes de un universo de frecuencias. Esto nos permite discernir entre un gran conjunto de frecuencias del espectro visible (pero, cuidado, no todas las existentes), y se traduce en lo que experimentamos como color. Ver dos colores es diferenciar dos espectros de luz, pero lo contrario no se sigue: dos fuentes de luz pueden diferir en su espectro y, para nosotros, corresponder al mismo color.

Esto nos lleva de vuelta al daltonismo. Así pues, un daltónico es aquella persona cuya percepción del color es diferente a la normal, entendido como habitual dado nuestro hardware y su funcionamiento. Dejando de lado aspectos neuronales que también pueden afectar a la visión y ciñéndonos al ojo, este daltonismo se presenta de tres posibles formas:

  • Monocromatismo: Por ausencia o disfunción de dos o tres tipos de conos, la visión queda reducida a una sola dimensión, por lo que el cerebro solo puede formar una imagen en base a la luminosidad; en blanco y negro, para que nos entendamos.
  • Dicromatismo: Por ausencia o disfunción de un tipo de cono, la visión queda reducida a dos dimensiones. Esto simplemente significa que la percepción del color es diferente de forma que se disciernen menos frecuencias: hay colores que se perciben como el mismo. Lo habitual suele ser que los rojos y los verdes se perciban como una misma gama. No es que se confundan los colores, como se suele decir, —lo que nos lleva a pensar que a veces el verde parece rojo y el rojo, verde— no: es como si, en lugar de rojos y verdes, viésemos toda una gama de marrones.
  • Tricromatismo anómalo: La visión normal es tricromática, por los tres conos o tres dimensiones que percibimos. En esta disfunción, lo que sucede es que la respuesta frecuencial de dos tipos de conos se solapan (las montañitas de la imagen de más arriba se superponen de forma que su cumbre casi coincide), y, de nuevo, lo habitual es que suceda con los conos verdes y rojos. Esto significa que el cerebro recibe señales muy similares de dos tipos de conos, por lo que pierde una dimensión. El resultado perceptivo es el mismo que el producido por el dicromatismo. La diferencia radica en que aquí de hecho funcionan los tres tipos de conos, pero mal.

Finalmente, llegamos a lo que la ciencia y la tecnología pueden hacer por estas personas. Y es que una empresa estadounidense llamada EnChroma vende unas gafas de sol que prometen corregir el daltonismo. ¿Puede funcionar algo así? ¿Cómo? Lo cierto es que sí, pero solo en el último tipo de daltonismo, que precisamente es el más común.

Respuesta frecuencial de las gafas EnChroma

Fuente de la imagen: EnChroma®

Estas gafas llevan un recubrimiento especial que actúa como un simple filtro, pero un filtro muy particular. En concreto, son opacas a dos rangos de frecuencia estratégicamente situados entre los máximos de la respuesta de los tres tipos de conos (véase la imagen superior). Dicho de otro modo, las gafas no dejan pasar la luz más conflictiva, la que produciría una señal más parecida en dos conos solapados (de ahí que necesariamente sean de sol: no son transparentes, por construcción). Como resultado, el cerebro recibe tres señales distintas y vuelve a ganar la dimensión perdida. El cerebro tiene una gran plasticidad y, con esa nueva información, el daltónico pasa a ver automáticamente como vemos los demás. Impresionante.

La empresa en cuestión pide a sus clientes que se graben en vídeo al estrenar las gafas y lo compartan en YouTube (no se me ocurre mejor publicidad…). Recomiendo encarecidamente ver sus reacciones, porque encogen el corazón un poquito. Ahí va un ejemplo (y otro, y más):

Como reflexión final, fijaos en que nuestra representación del color en cámaras, ordenadores, etc., —el sistema RGB— no es más que un reflejo de nuestra propia percepción. ¿Qué ocurriría si, como los daltónicos que pasan de dos tipos de conos a tres gracias a estas gafas, pasásemos de tres tipos a cuatro? Que ganaríamos otra dimensión, ni más ni menos, y, por tanto, distinguiríamos muchas más frecuencias y nuestra percepción del color sería mucho más rica. De hecho hay personas con esta rara cualidad, que se denomina, como no podía ser de otra forma, tetracromatismo.

(Gracias al compañero @BioTay por proporcionarme los punteros que han propiciado este artículo).

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La pregunta Naukas 2015

Publicado por Iñaki a las 16:00 Jueves 26 de febrero de 2015

¿Qué avance o descubrimiento de la ciencia moderna ha hecho progresar más a la Humanidad? Entendemos como ciencia moderna desde Copérnico hasta nuestros días.

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

Tengo ahora mismo esa sensación que sobreviene cuando empiezas a leer un examen y ves La Pregunta; sonríes muy fuerte, pero muy disimuladamente, porque tampoco quieres que alguien te vea y crea que te has quedado gilipollas de repente, y piensas: «Esta me la sé». Que no es que de las demás no tengas ni idea —o no necesariamente—, no. Es más bien un «me la sé» de «en esta lo peto» o «he nacido para contestar a esto». Bueno, ya me entendéis, así que vamos al meollo.

Los humanos somos, ante todo, monos sociales. Desde que nos bajamos de los árboles y empezamos a recorrer largas distancias para buscar nuevos recursos con los que subsistir, nuestro encéfalo se ha desarrollado principalmente para entender al que tenemos delante, para colaborar con él. Todo nuestro mundo y nuestros progresos se sustentan en esta capacidad de colaboración y de compartir conocimientos. Hemos evolucionado muy rápidamente hacia monos tecnológicos, de manera que dependemos profundamente de todo el constructo cultural (y con cultura me refiero, sobre todo, a la ciencia y la tecnología) que hemos generado.

Esta visión creo que admite poca discusión y, por tanto, hasta aquí estaremos todos bastante de acuerdo. Probablemente también estaremos de acuerdo en que el tremendo auge de la ciencia y la tecnología en el último siglo y medio, auge que nos ha posibilitado alcanzar niveles de vida y bienestar sin precedentes, ha sido propiciado fundamentalmente por —y ha seguido un camino paralelo a— nuestra creciente capacidad para procesar y comunicar información. Estamos hablando, por supuesto, de los computadores y las redes de comunicaciones. Estamos hablando, como no podría ser de otra manera, de Internet.

Podría escribir un ensayo entero tan solo enumerando todos los aspectos en los que Internet y los ordenadores han revolucionado para mejor nuestra vida, desde los aspectos más pequeños de lo cotidiano hasta la ciencia misma, cómo se hace, se transmite, comparte y se colabora. Pero todavía no hemos llegado a responder a la pregunta que nos planteamos inicilamente, puesto que «Internet» o «los ordenadores» no son entes que podamos etiquetar como avance o descubrimiento, sino que comprenden un gran número de ellos. Así que, si habéis seguido mi razonamiento hasta aquí, la pregunta que procede a continuación es la siguiente: ¿cuál es el avance o descubrimiento que ha posibilitado fundamentalmente la llamada Era de la Información? Para mí, la respuesta es muy sencilla: el transistor.

Sí, amigos, y no me refiero a la radio… sino a este transistor, inventado en 1947 —y Premio Nobel de Física en 1956— por John Bardeen, Walter Houser Brattain y William Bradford Shockley en los Laboratorios Bell. Antes de 1947, nuestras comunicaciones y capacidad de cómputo eran extraordinariamente rudimentarias. Hoy, en cambio, poco más de medio siglo después, tenemos millones de ellos encapsulados en el salón, en la cocina, en el trabajo, en Marte, en nuestro bolsillo… Este pequeño artefacto, que en realidad no es más que un puto interruptor, ha propiciado un cambio en nuestro mundo quizás solo comparable, precisamente, a aquel instante evolutivo en el que decidimos bajarnos de los árboles y erguirnos sobre nuestras piernas.

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El método científico

Publicado por Iñaki a las 15:10 Miércoles 18 de febrero de 2015

Fragmento de este artículo:

No se trata de un método en el mismo sentido que hablamos de métodos de resolución de ecuaciones; en este caso no hay un procedimiento algorítmico infalible. Sin embargo si que existen el rigor intelectual, la lógica de la argumentación y la confrontación permanente con datos experimentales; la duda permanente, la transparencia de los datos y la confrontación con los colegas. Del mismo modo que la agricultura son un conjunto de técnicas que han de vérselas con la variabilidad de entornos y climas para dar fruto, el método científico también está compuesto por un conjunto de estrategias que han de adaptarse a la variabilidad de cuestiones abordadas y cuyos frutos, cuando se ha utilizado con habilidad, son extraordinarios.

Joaquín Sevilla, físico; y científico desde mucho antes de ganarse la vida con ello.

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Cómo se comía en la Expedición Malaspina 2010

Publicado por Almudena a las 14:11 Sábado 17 de enero de 2015

Hace algunos días en este mismo Cuaderno de Cultura Científica la periodista María José Moreno publicaba un artículo sobre cómo se comía durante la expedición Malaspina. Pues bien, hace ahora 4 años, la segunda Expedición Malaspina proseguía su camino, rumbo a Río de Janeiro, tras celebrar la entrada en el año nuevo cruzando el Ecuador. También allí, estas fueron fechas que festejar con la comida. Pero, por suerte para los científicos y marineros que íbamos embarcados, dos siglos después de la travesía original de Alejandro Malaspina, la tecnología ha solucionado algunos de las mayores dificultades relacionados con la alimentación en altamar.

Quien dice tecnología, dice cámaras frigoríficas y congeladores. Hoy ya no resulta tan sorprendente que un barco pueda aguantar largas travesías en alta mar sin temor al escorbuto. Pero tampoco significa que la provisión de alimentos sea un asunto trivial. La Expedición Malaspina 2010 llegó a pasar temporadas de hasta un mes entero en alta mar, teniendo que almacenar alimentos para una tripulación de casi 100 personas. Cualquiera que haya llenado una nevera y comprobado que, tampoco allí, las verduras son eternas, puede vislumbrar algunas de las dificultades, multiplicarlas por 100 y hacerse una idea de la planificación que requiere proveer un buque como el Hespérides de alimentos.

Continúa leyendo mi última aportación al Cuaderno de Cultura Científica.

De hecho, al final de cada etapa, la lechuga, la fruta fresca, tomates y otras hortalizas empiezan a escasear. La ensalada se convierte en el mayor lujo a bordo, porque sus ingredientes son los primeros que se consumen y los que antes se estropean. Esto hace necesario visitar a diario las bodegas y cámaras frigoríficas para ir retirando las piezas que empiezan a estropearse y evitar así que la descomposición se extienda.También hace necesario reabastecer el buque en cada puerto, con ingredientes locales (con lo que la alimentación durante la expedición variaba en cada etapa) y otros no tanto (aceite, jamón…). Con combustible, claro, imprescindible para mantener el buque en movimiento, pero también para mantener siempre encendidas esas enormes cámaras frigoríficas de las que hablamos. El Hespérides tiene un depósito con capacidad para 500.000 litros de gasoil, que se consumen a un ratio de 200 litros la hora.Además, es fundamental asegurarse de que las provisiones entrantes estén en buenas condiciones. Precisamente, durante la primera expedición Malaspina (la de la Ilustración), a los pocos días después de zarpar de Cádiz, la marinería descubrió una especie de oruga desconocida en las reservas de pan. Tras comprobar que no eran tóxicas, los oficiales dieron la orden de comer pan con orugas y los marineros pasaron los 51 días que tardaron en llegar a América entre náuseas y arcadas. Por suerte, en 2010, esto nunca podría haber pasado. Entre otras cosas, porque el pan se preparaba diariamente a bordo: el panadero del Hespérides era el único miembro de la tripulación que pasaba toda la noche en vela, amasando, controlando el horno y despertándonos con olor a repostería y panecillos calientes. Su extraño horario, por desgracia, lo convertía en uno de los miembros más difíciles de ver de toda la tripulación (yo me enteré de su existencia ¡después de 3 semanas a bordo!).Otro miembro fundamental del Servicio de Aprovisionamiento del Hespérides era Paco Rubio. Este cocinero tenía planeado cada menú con 5 o 6 días de antelación y era un verdadero experto en cocinar para 100 personas, en un espacio sorprendentemente pequeño, siempre en movimiento por las olas y con una cantidad de ingredientes progresivamente menguante. Algunas peculiaridades de su cocina tenían que ver con estas dificultades: como la ausencia de fogones (todo es eléctrico) para no tener que encender un fuego prescindible y siempre peligroso en un buque. O como las cazuelas, ollas y sartenes ancladas para evitar que vuelquen o salten en los días de mala mar.

De hecho, todo en el Hespérides se caracteriza por esta peculiar adaptación al movimiento: las sillas de estudio, por ejemplo, tienen ventosas en las patas en lugar de ruedines. Los armarios y cajones están rematados con dobles niveles que evitan que se abran por sí solos (es necesario elevarlos ligeramente antes de abrirlos). Los objetos sobre las mesas, como el ratón del ordenador y el teclado, tienen velcro bajo su base. Todas las puertas están aseguradas con trincas que uno debe volver a cerrar tras atravesarlas y cada pasillo, cada ducha, incluso las camas de los camarotes están enmarcados por asideros, barandillas y barras de seguridad para evitar en lo posible las caídas… inevitables en cualquier caso. De hecho, el medicamento más consumido en el Hespérides, según me contó el ATS responsable, Antonio García Avilés, es la pomada contra golpes y moratones.

Con todo, algunos de los elementos más peligrosos de una cocina, como el aceite o el agua hirviendo, son imposibles de inmovilizar. Por eso, en caso de fuerte temporal se cierra la cocina y la tripulación se alimenta a base de bocadillos y fruta. Si el temporal no es tan fuerte, la cocina permanece abierta y los comensales sólo pueden esperar que ese día no toque sopa: por algún tipo de azar o broma ingenieril, el comedor del Hespérides se encuentra justo a la proa del buque, uno de los lugares con más movimiento (aquel que corta las olas). Por ello, durante mi estancia a bordo, pude asistir a más de una estrepitosa caída, bandeja de comida en mano. No es de extrañar, entonces, que toda la vajilla esté hecha de plástico. Pero tampoco que, esos días, muchos prefiriésemos no bajar a comer. Esos días, el alimento oficial de los más sensibles al mareo, como yo, eran las manzanas verdes (a juego con nuestra cara): lo más fácil de morder con la cabeza asomada a cubierta.

¿Y qué hay de la bebida? Bueno podréis imaginar que, a estas alturas, el alcohol ya no constituye un aporte calórico tan importante como antaño. De hecho, y probablemente para huir de este estereotipo marinero, las bebidas alcohólicas de más de 15º están prohibidas a bordo del Hespérides. Esta frontera deja a flote (sic.) la cerveza, el vino… y poco más. El resto es agua, agua embotellada: 47 palas con 584 botellas, 41.172 litros en total. Y es que, aunque el buque cuenta con osmotizadoras que potabilizan el agua (con dos depósitos de 40.000 litros cada uno), las cañerías del viejo buque hacen desaconsejable su consumo.

Durante la primera etapa de la expedición, sólo hubo una noche en que vi cómo toda la tripulación abandonaba las botellas de agua y se pasaba el champán: cuando brindamos juntos para dar la bienvenida al año 2011. Y es que, en una expedición como esta, con 100 casi desconocidos aislados, en mitad de la nada salada y tan lejos de sus casas, la comida no solo alimenta: la comida cumple un papel social y psicológico fundamental. Por eso, durante la primera etapa de la expedición, no nos faltó el champán, ni los langostinos en Noche Buena, ni el roscón de Reyes más tarde. Por eso no podía faltar el jamón (en nuestro caso, nos lo fundimos en un par de semanas). Por eso, cada domingo, lo único que marcaba el paso de las semanas, eran los churros con chocolate del desayuno. Y por eso, en cada etapa, se subían a bordo un par de tartas de cumpleaños (lo probable para un grupo tan numeroso) y se elegían dos fechas para consumirlas y agasajar a los cumpleañeros, aunque no fuese ese el día en que cumpliesen años.

Pero lo que más recuerdo de la comida de aquel viaje es la tabla de chocolate que me llevé, medio escondida, en la maleta. Quizás porque sabía a casa, porque era mía, el único algo no compartido en una convivencia por lo demás tan intensa. Si alguna vez os subís en un barco, mi consejo es que os llevéis dos tabletas. Por si la nostalgia…

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Cómo buscar el paper científico que hay tras una noticia

Publicado por Iñaki a las 12:03 Viernes 16 de enero de 2015

Leo en el siempre recomendable blog Simply Statistics que menos del 60 % de las notas de prensa que generan las universidades llevan un enlace al paper que describen.

Estamos hablando del mundo anglosajón, y estamos hablando de notas de prensa escritas por gabinetes de prensa de universidades, especializados en difundir el trabajo de sus investigadores. Me gustaría ver la misma estadística para medios generalistas españoles.

Ocurre, además, que estas noticias muchas veces no son ni lejanamente correctas. Me viene a la cabeza un par de periodistas de ciencia amigos nuestros que trabajan o han trabajado para medios generalistas y que son exquisitamente cuidadosos con sus piezas periodísticas sobre ciencia, pero la cruda realidad es que esto no es lo más extendido. Me atrevo a decir que no lo es entre los redactores, pero es evidente que no lo es entre los dinosaurios que están por encima.

Por ello, el ojo crítico abre un periódico, llega a una noticia científica y, más de la mitad de las veces, levanta la ceja. Aun tratando de ser rigurosos en el trabajo de cocinar la noticia, a menudo son temas complejos donde cualquiera puede meter la pata. Por ello, hay unos mínimos que se deberían cumplir. El más sangrante, del que hablamos aquí: una referencia. No cuesta nada. Un título, un identificador, un puto enlace en prensa digital… Y esto del enlace lo hago extensible a todo el periodismo, no solo de ciencia; con lo barato y útil que es, ¿por qué se usa tan poco?

Volviendo al artículo de Simply Statistics, su autor da unos sencillos pasos —quizá muy obvios para gente que está metida en investigación, pero no tan obvios para otra mucha gente— para encontrar el artículo científico que hay detrás de una noticia. Los reproduzco aquí de forma libre.

Paso 1: buscar un enlace

A veces, tendremos suerte y encontraremos un enlace a la nota de prensa de la universidad correspondiente. Allí, como hemos visto, no siempre se encuentra el enlace al artículo final, pero posiblemente podamos encontrar el título completo.

Paso 2: buscar nombres de científicos, nombre de la revista científica y palabras clave

La experiencia me dice que lo primero se encuentra a menudo (al menos de uno de los autores, del que probablemente reproduzcan afirmaciones), lo segundo rara vez y lo último es fácil de identificar.

Paso 3: usar Google Scholar

En español, Google Académico: una excelente herramienta de búsqueda destinada exclusivamente a literatura científica. El triangulito que hay al final de la caja de búsqueda despliega un diálogo con opciones avanzadas que nos permite utilizar toda la información que hayamos podido extraer hasta el momento: título o palabras clave, autores, revista…

Paso 4: y bingo

Generalmente son artículos de pago, por lo que, si no tienes acceso a través de una institución, siempre hay métodos alternativos o almas caritativas que te lo pueden conseguir.

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