Categoría: Ciencia

Artículos de divulgación científica.

El futuro de la ciencia

Publicado por Iñaki a las 14:14 Domingo 2 de febrero de 2014

La historia está plagada de pequeñas y grandes mentes que hicieron el ridículo más grotesco tratando de responder a esto en su tiempo.

Pablo Rodríguez, @DonMostrenco, sobre la recurrente pregunta ¿qué descubrimiento científico cambiará el mundo?

Share

La ficción supera a la ficción

Publicado por Iñaki a las 23:36 Martes 28 de enero de 2014

Holmes no existió, pero debería haber existido. Así de importante es para nuestra cultura. Consideramos que el mito de Sherlock Holmes está ya tan profundamente enraizado en la psique nacional e internacional a través de libros, películas, radio y televisión que prácticamente ha trascendido los límites de la ficción.

David Giachardi, director de la Royal Society of Chemistry en 2002, durante la investidura del personaje como miembro honorario de dicha sociedad.

Share

La edad es cuestión de tiempo

Publicado por Iñaki a las 14:00 Jueves 23 de enero de 2014

chartoftheday_1789_Facebook_s_teenager_problem_n

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

Dediquemos un momento a la gráfica sita sobre estas líneas. Adelante, no se corten, yo les espero aquí. Más de uno dirá «ya está otra vez el rarito de las gráficas…». ¿Qué es lo que le pasa a esta? Gráfica de barras que representa adecuadamente las proporciones, colores adecuados para comparar dos instantes de tiempo diferentes, el cero está en la base, como debe ser, muestra los porcentajes sin descuidar los valores absolutos… ¿todo bien, no? Pues no.

El proceso de crear una gráfica nunca puede tener un solo paso, a saber, coger los datos y vomitarlos en un estilo predefinido. Tampoco va a constar, en general, de dos ni de tres. La razón es bien sencilla: no conocemos los datos a priori y no vamos a acertar a la primera en la gráfica que saque todo el potencial de los mismos. Por tanto, se trata de un proceso iterativo: representación, reflexión e interpretación, cambio de representación, reflexión e interpretación… hasta que el resultado es adecuado. ¿Adecuado a qué? Al objetivo de la gráfica, recordemos: transmitir un mensaje.

Volviendo al ejemplo que tenemos entre manos, ¿qué mensaje se pretende transmitir? A juzgar por el tituláridoMillones de adolescentes abandonan Facebook desde 2011—, que algo muy malo le pasa a Facebook. Sin embargo, ¿qué información aporta la gráfica acerca de este asunto? Absolutamente ninguna. Cero. Por si alguno aún no ha caído, lo explicito: algunos individuos de las barras azul claro de 2011 habrán saltado a la siguiente categoría de edad en estos últimos 3 años, digo yo. Por tanto, la cantidad de información que aporta es nula y solo es un mero adorno.

¿Qué porcentaje de las caídas se corresponde con personas que han cambiado de tramo de edad —porque la gente cumple años; y todos los años, oiga— y qué porcentaje se corresponde con abandonos realmente? No lo sabemos. Y no lo podemos saber. No con esta gráfica. A lo sumo, podemos afirmar con seguridad que los adolescentes crecen o abandonan Facebook a un ritmo superior al que entran por primera vez en la red social.

Es evidente que el perpetrador de esta gráfica no ha seguido el proceso iterativo correspondiente. Como mucho, habrá vuelto sobre ella para añadir detalles, cambiar estilos y colores, pero, desde luego, no se ha parado a reflexionar sobre el resultado, sobre su interpretación —¡si es que la tiene, para empezar!—. En su lugar, se ha dejado llevar por el primer vistazo y el titulárido impactante. Y es evidente porque el ajuste es trivial: habría bastado con desplazar tres años las categorías de edades de la barra de 2014 y tendríamos toda la información necesaria en nuestra mano. Claro, que tal vez el autor no disponía de unos datos con la suficiente granularidad, o tal vez representándolos de esa manera no se leían esas conclusiones… ¿Patoso, tramposo o mentiroso? ¿Ustedes qué opinan?

Share

El mejor consejo para un doctorando

Publicado por Iñaki a las 21:48 Domingo 20 de octubre de 2013

Existen muchas recopilaciones de consejos para protoinvestigadores —más conocidos como doctorandos o grad students—, más o menos acertadas, de personas más o menos experimentadas, en formato artículo o powerpoint, con algunos consejos de puro sentido común, otros no tanto… No obstante, y siempre desde el punto de vista probablemente equivocado de mi recién iniciada aventura, ninguno a la altura del que vais a leer a continuación; al menos de cara a la salud mental y laboral de los interesados.

Alguien que ya ha pasado por el trance, @copepodo, lanza un aviso a navegantes alertando de un mal endémico pero invisible: El síndrome del impostor (tiene unos meses el artículo, pero me ha llegado hoy). Dice así:

El mundillo de la investigación científica es muy complejo y a menudo definitivamente mejorable […] pero una característica que es evidente es que hay mucha presión: presión por publicar más y en mejores revistas, presión por estar en el cuartil superior de cualquier índice o parámetro imaginable, presión por ser el que más sabe, el que mejor lo hace y el que mejor lo cuenta. […] El caso es que quizá por esta presión o por la causa que sea, muchos protoinvestigadores desarrollan un complejo acerca de sí mismos y de la contribución que hacen como doctorandos. Los “afectados” creen que han sido aceptados por chiripa, de forma inmerecida y que en cualquier momento se descubrirá la verdad: que no saben hacer la “o” con un canuto y se les mandará a tomar viento. A mí me pasó esto. […] No se me ocurrían soluciones inteligentes, no me daba cuenta de las cosas, no era capaz de hacer aportaciones originales, etc. Mi percepción, la más sincera que podía tener conmigo mismo, era que todo el mundo, todos mis compañeros (tanto los más experimentados como los recién llegados), hacían las cosas mucho mejor que yo: avanzaban más rápido, aprendían más deprisa, eran mejores científicos, hacían observaciones más inteligentes… vamos, que estaba totalmente fuera de lugar, que no estaba a la altura de mis obligaciones.

Recomiendo encarecidamente leer el resto del artículo en el citado blog. Pero, por resumir, todo esto desemboca en el siguiente consejo:

No evalúes tu propio trabajo: no estás capacitado para hacerlo de forma objetiva, aunque lo intentes.

Share

#Naukas13, ¡ya no queda nada!

Publicado por Almudena a las 14:23 Martes 24 de septiembre de 2013

Faltan ya pocos días para el evento de divulgación científica del año. Hablamos, cómo no, de Naukas Bilbao 2013 (se utiliza #Naukas13 como hashtag en Twitter), que se celebrará en el Paraninfo de la UPV/EHU durante los días 27 y 28 de septiembre, y los dos Enchufa2 estaremos allí con sendas charlas, para no perder las buenas costumbres.

inakicharlas

conductor-hands

Como novedad y como complemento al evento celebrado en Bilbao, Naukas también participa en el evento Quantum que se celebrará los días 1, 2 y 3 de octubre en el Teatro Victoria Eugenia de Donostia. Podéis encontrar más información y los programas completos en la web de Naukas.

Share

Guía ilustrada de una tesis doctoral

Publicado por Iñaki a las 15:14 Jueves 5 de septiembre de 2013

A través de @Sonicando, llego a The Illustrated Guide to a Ph.D., de Matt Might, profesor de informática de la Universidad de Utah. Me permito recogerlo aquí, traducido para todos vosotros, porque me ha parecido simplemente genial.

Imagina un círculo que contiene todo el conocimiento humano:

PhDKnowledge.001

Cuando terminas la escuela, sabes un poquito:

PhDKnowledge.002

Cuando terminas el instituto, sabes un poquito más:

PhDKnowledge.003

Tras la carrera, has conseguido una especialidad:

PhDKnowledge.004

Con el máster, profundizas en esa especialidad:

PhDKnowledge.005

La lectura de artículos de investigación te lleva hasta los límites del conocimiento humano:

PhDKnowledge.006

Una vez que estás en el límite, te centras en él:

PhDKnowledge.007

Tratas de ir más allá durante unos pocos años:

PhDKnowledge.008

Hasta que, un día, ese límite cede:

PhDKnowledge.009

Y esa mella que has conseguido hacer se llama doctorado:

PhDKnowledge.010

Por supuesto, el mundo te parece muy distinto ahora:

PhDKnowledge.011

No obstante, no olvides la perspectiva global:

PhDKnowledge.012

Sigue luchando por ir más allá.

Share

El sentido de uno mismo

Publicado por Iñaki a las 11:00 Lunes 22 de julio de 2013

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

Querido lector, con tu permiso y colaboración, vamos a realizar un pequeño experimento. Manteniendo los ojos cerrados, quiero que toques la punta de tu nariz con la punta de uno de tus dedos. ¿Ya? A la primera, ¿verdad? Increíble. Ahora, vamos a ponerlo un poquito más difícil. De nuevo con los ojos cerrados, quiero que toques el lóbulo de una de tus orejas con la punta de uno de tus dedos. También a la primera. ¡Fascinante!

He anticipado que todos vosotros seríais capaces de llevar a cabo con éxito esta prueba porque compartimos algo muy importante, pero desapercibido en nuestra vida cotidiana: la capacidad inconsciente por la que controlamos posición y movimiento de cada parte de nuestro cuerpo con total precisión, denominada propiocepción. Se trata de un sentido más que trabaja en la sombra, totalmente inadvertido para nosotros, puesto que muy rara vez falla, a diferencia de otros más evidentes como la vista o el oído, que se encargan de percibir el mundo exterior.

No obstante, sí existen casos documentados de fallos del sistema propioceptivo. En El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, el neurólogo Oliver Sacks cuenta la historia de Christina, una joven de veintisiete años. Un día, se descubrió que tenía piedras en la vesícula e ingresó en el hospital para ser operada. Tres días antes de la operación, fue sometida al régimen de antibióticos habitual y, un día antes de la operación, tuvo un sueño inquietante: se tambaleaba, no era capaz de sostenerse de pie, todo se le caía.

Pero luego, aquel mismo día, el sueño se hizo realidad. Christina se encontró con que era incapaz de mantenerse en pie, sus movimientos eran torpes e involuntarios, se le caían las cosas de las manos.

[…] el día de la operación Christina estaba peor aún. No podía mantenerse en pie… salvo que mirase hacia abajo, hacia los pies. No podía sostener nada en las manos, y estas «vagaban»… salvo que mantuviese la vista fija en ellas. Cuando extendía una mano para coger algo, o intentaba llevarse los alimentos a la boca, las manos se equivocaban, se quedaban cortas o se desviaban descabelladamente, como si hubiese desaparecido cierta coordinación o control esencial.

Apenas podía mantenerse incorporada… el cuerpo «cedía». La expresión era extrañamente vacua, inerte, la boca abierta, hasta la postura vocal había desaparecido.

La función sensorial de Christina estaba fallando de una manera que no podemos siquiera llegar a imaginar: había perdido completamente la propiocepción. Ella describía cómo perdía sus extremidades: pensaba que estaban en un sitio, pero luego resultaban estar en otro. Todo esto se debió a una inflamación aguda que había lesionado las raíces sensitivas de los nervios craneales y espinales. La inflamación acabó cediendo, pero Christina nunca recuperó las funciones perdidas. A partir de aquel día, tuvo que aprender su propio cuerpo y dirigir todos sus movimientos ayudada de la vista.

Volviendo al sistema propioceptivo, su funcionamiento es posible gracias a que tenemos sensores instalados por todo el cuerpo. Como sabréis, contamos con el sistema nervioso central, compuesto por el encéfalo y la médula espinal, y el sistema nervioso periférico, compuesto por una extensa red de tentáculos (axones de las neuronas implicadas) que surgen del anterior y se extienden hasta el rincón más recóndito de nuestro cuerpo.

Pero lo más fascinante de estos tentáculos es que están, de alguna manera, etiquetados. Esto es, durante el desarrollo embrionario, cada uno de estos nervios crece atraído químicamente exactamente hacia el lugar que le corresponde. En Evolución, Richard Dawkins cuenta un experimento que ilustra maravillosamente este hecho realizado por el neurofisiólogo y premio Nobel Roger Sperry:

Sperry y un colega tomaron un renacuajo y le extirparon un pequeño cuadrado de la piel de la espalda. Luego extrajeron otro cuadrado del mismo tamaño de la barriga. Después reimplantaron los dos cuadrados, pero cada uno en el lugar del otro: la piel de la barriga fue implantada en la espalda y la piel de la espalda en la barriga. Cuando el renacuajo se convirtió en rana, el resultado fue muy bonito, como suelen ser los resultados en embriología: era claramente visible un «sello de correos» —la piel blanca de la barriga— en medio de la espalda y otro —la piel negra y moteada de la espalda— en medio de la barriga blanca. Y ahora el tema central de la historia.

El tema central de la historia es que, cuando rozaban el sello de la espalda de la rana con un pelo, la rana se rascaba la barriga. De la misma forma, si era el sello de la barriga el rozado, la rana se rascaba la espalda. Como ejemplifica el propio Dawkins, si una mosca hubiese recorrido la espalda de aquella rana, esta hubiera sentido cómo de repente, mágica e instantáneamente, la mosca pasaba a estar en su barriga para más tarde aparecer en lo alto de su espalda, de nuevo mágica e instantáneamente.

Esto es posible debido a que los nervios implicados crecieron hacia el pedazo de piel que les correspondía por atracción química, sin importar dónde se encontraba. El encéfalo sabe perfectamente, sin necesidad de aprenderlo, que un nervio en concreto se corresponde con una zona específica de la espalda y, como generalmente todo está donde debe estar, sentimos perfectamente nuestro cuerpo.

Lo que tenemos ante nosotros en el experimento de la rana no es otra cosa que una ilusión propioceptiva, del estilo de las famosas ilusiones auditivas y sonoras, solo que algo más sádica ciertamente. Y para lograrla, Sperry y su colega tuvieron que llegar al extremo de intervenir durante el desarrollo embrionario de aquel renacuajo. El sentido de uno mismo es tan robusto, un fallo en el mismo es tan extremadamente raro, que, a diferencia de alguien que pierde la vista, Christina no solo no disponía de ningún término asignado a su discapacidad —como el ciego—, sino que no era capaz siquiera de describir qué le sucedía.

Share