Aprendiendo de las máquinas

La segunda mitad del siglo XX vio nacer la computación y el sueño de la inteligencia artificial—“la ciencia de conseguir que las máquinas hagan cosas que requerirían inteligencia si las hiciesen humanos”, en palabras de Marvin Minsky—, que hoy en día está despertando un renovado interés gracias a la rama del aprendizaje automático. Se trata de un conjunto de técnicas que se benefician de los avances tecnológicos en materia de computación de las últimas dos décadas, y se caracterizan por su capacidad de engullir enormes cantidades de datos para enfrentarse a problemas de gran complejidad.

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Experimentación y evidencia: dos visiones opuestas

Anteriormente, hablábamos de estándares de evidencia científica y del problema filosófico de la inferencia inductiva; de cómo Ronald Fisher, hace un siglo, promovió métodos —como los contrastes de hipótesis— que evaden el problema, y adelantábamos que dichos métodos suponen una aproximación frecuentista a la realidad. A continuación abundaremos en el problema metodológico que plantean la medida y la estimación estadística de la (in)certidumbre, y que tiene su raíz en el concepto mismo de probabilidad. Esto da lugar a dos visiones opuestas aunque, como veremos, estrechamente relacionadas, lo que en estadística se denomina frecuentismo vs. bayesianismo.

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The difference that matters: Paul Romer sobre ciencia y software libre

Me permito dejar por aquí un extracto de este artículo de Paul Romer que resume perfectamente el valor del modelo de software libre y cómo se parece al de la ciencia:

This technical engineering dimension is not the only one we should use to compare the proprietary and open models. There is an independent social dimension, where the metrics assess the interactions between people. Does it increase trust? Does it increase the importance that people attach to a reputation for integrity?

It is along this social dimension that open source unambiguously dominates the proprietary model. Moreover, at a time when trust and truth are in retreat, the social dimension is the one that matters. […]

Membership in an open source community is like membership in the community of science. There is a straightforward process for finding a true answer to any question. People disagree in public conversations. They must explain clearly and listen to those who response with equal clarity. Members of the community pay more attention to those who have been right in the past, and to those who enhance their reputation for integrity by admitting in public when they are wrong. They shun those who mislead. There is no court of final appeal. The only recourse is to the facts.

It’s a messy process but it works, the only one in all of human history that ever has. No other has ever achieved consensus at scale without recourse to coercion.

In science, anyone can experiment. In open source, anyone can access the facts of the code. Linus Torvalds may supervise a hierarchy that decides what goes into the Linux kernel, but anyone can see what’s there. Because the communities of science and open source accept facts as the ultimate source of truth and use the same public system for resolving disagreements about the facts, they foster the same norms of trust grounded in individual integrity.

El legado de Fisher y la crisis de la ciencia

En 2005, John Ioannidis, prestigioso profesor de medicina de la Universidad de Stanford, publicó uno de los artículos más citados e influyentes de la literatura científica: Why Most Published Research Findings are False (Por qué la mayor parte de los resultados de investigación son falsos). Posteriormente, se acuñó el término “crisis de replicabilidad” para referirse al hecho de que un gran número de estudios científicos (especialmente en ciencias sociales y medicina) no han podido ser replicados, algo fundamental en ciencia. Este problema ha saltado a la opinión pública en diversas ocasiones, como cuando en mayo de 2016 una encuesta de la revista Nature desvelaba que el 90% de los científicos reconocen que esta crisis existe.

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#Naukas18: Física, maestro

El pasado 14-15 de septiembre de 2018 se celebró la octava edición de Naukas Bilbao, segunda consecutiva en un repleto Palacio Euskalduna, con la receta a la que estamos acostumbrados: ciencia, escepticismo, humor y espectáculo administrados en pequeñas píldoras de 10 minutos, como una constante más del universo. Este año, tuvimos el honor de contar con Pedro Miguel Etxenike, Francis Mojica y un mensaje sorpresa del astronauta y ministro Pedro Duque, además de muchos de los habituales, colaboraciones y nuevas incorporaciones.

No me dedicaré a hacer una crónica del evento —podéis ver todas las charlas en Kosmos de EITB (a la que hay que agradecer, un año más, su apoyo y su excelente cobertura del evento) o, con mayor resolución, en EITB a la carta—, pero sí me gustaría, por fin, confesar algo que se repite cada año y que los ponentes no suelen comentar en público: Naukas Bilbao da mucha pereza.

Puede sonar sorprendente, pero tened en cuenta que el evento no ha parado de crecer a lo largo de los años, así como la comunidad Naukas y la calidad de las ponencias. Te encuentras a mitad del verano, hace calor, tienes tus propios marrones en el trabajo y necesitas descansar, pero hay que preparar una charla y hay que ensayar, porque pronto llega septiembre y hay que viajar a Bilbao. Por si fuera poco, muchos habituales se han quedado fuera del programa porque no había tiempo para todos. En definitiva, la responsabilidad y la presión que siente el ponente de Naukas van en aumento curso tras curso.

Este año, además, teníamos la responsabilidad adicional, y el privilegio, de tener a nuestra disposición nada más y nada menos que la Orquesta Sinfónica de la UPV/EHU y 40 minutos de un programa muy apretado. El resultado es que no quieres ir a Bilbao. «El año que viene me escaqueo», piensas, «o voy solo de oyente». Pero luego llegas, todo va como la seda, la respuesta del público es excelente, compartes buenos momentos con mucha gente y vuelves a ver a buenos amigos. Al final, vuelves a casa en una nube y deseando volver al año siguiente. Esta, para mí al menos, es otra constante del universo Naukas.

Solo me queda darle las gracias a los padres de la criatura, Javier, Antonio y Miguel, así como a Juan Ignacio Pérez y a la gente de GUK por la gestión y organización; a EITB, de nuevo, por la cobertura del evento, y a Doru Artenie, director de la EHUorkestra, por su disposición y trabajo. Este fue el resultado: