Mi tesis en 3 minutos

Desde 2016, la Universidad Carlos III de Madrid organiza el certamen Thesis Talk.

En Thesis Talk nuestros estudiantes de doctorado están invitados a presentar el qué, cómo y porqué de su proyecto de investigación a una audiencia no especializada en sólo 3 minutos, con una transparencia fija como único elemento de apoyo. […] Las presentaciones son grabadas y evaluadas por un jurado de expertos.

Thesis Talk se inspira en el concepto Three Minute Thesis (3MT), creado por la Universidad de Queensland (Australia) en 2008 y adoptado por más de doscientas universidades en todo el mundo.

Y aquí está mi participación, por la que recibí el tercer premio (y, no menos importante, me pagó el título).

El segundo premio fue para Juan Margalef por Las fronteras de la física, y el primer premio para Carolina Ortega por Matrimonios forzados en comunidades indígenas mexicanas, ¿tradición cultural o violencia de género?

Historia de una tesis en números

Ya está. Ya puedo decir que escogí mi propia aventura y que finalmente me pasé la academia, esa que consiste en hacer méritos con un horizonte temporal limitadísimo mientras otros hacen negocio con tu trabajo; un negocio que además va a otro ritmo, mucho más pausado, pero con una inercia arrolladora.

Al final, toda tesis doctoral se reduce a números: cuánto has publicado, dónde has publicado (es decir, cómo de buenos son los números de esas publicaciones), y cuándo has defendido la tesis. «Tú acuérdate de esta fecha, 9 de julio de 2018, que es lo que te van a preguntar». Algunos tienen más suerte y otros, menos; algunos lo llevan mejor y otros, peor. Cada tesis es una historia, y esta es la mía:

Aquí se aprecian perfectamente esas dos velocidades a las que hacía mención: la de la ciencia y la de la industria. Sirva de epílogo y de aviso a navegantes.

#Naukas17: El sonido del viento

Ya estamos de vuelta de #Naukas17, la séptima edición —que se dice pronto— de Naukas Bilbao. Un nuevo año, un nuevo reto repleto de nuevas incorporaciones, ausencias notables y 2000 localidades por llenar con la receta de siempre: ciencia, escepticismo y humor. Este fue el resultado:

Imagen de Xurxo Mariño.

Además, Almudena, que ha divulgado ciencia no solo en este blog, en Naukas y dando charlas en muchos otros eventos, sino también desde la Expedición Malaspina, el Ártico y Radio Clásica, recibió el Premio Tesla 2017 a la divulgación, junto con Jose Cervera y Daniel Torregrosa.

Imagen de Xurxo Mariño.

Finalmente, esta fue nuestra contribución: El sonido del viento (pulsad sobre la imagen para ir al vídeo).

Imagen de Xurxo Mariño.

Periodismo de datos sin datos

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

Me encuentro en Twitter con el siguiente gráfico despropósito de CBS News:

donde se hace referencia al porcentaje de estadounidenses que dice haber probado la marihuana. Evidentemente, los porcentajes no suman 100 % porque se refieren a una misma población en tres instantes temporales diferentes. Evidentemente, digo, si uno lee todo el texto y se para a digerir lo que está viendo, por lo que mostrar una gráfica pierde toda su razón de ser.

Gráficas horribles como esta constituyen, desafortunadamente, la tónica generalizada en los medios de comunicación, con mención especial para la televisión. Pero esta en concreto me ha llamado especialmente la atención porque, paradójicamente, la torpeza en la representación esconde un despropósito mucho mayor que tiene que ver con los datos (o su ausencia, más bien).

Desconozco si CBSN quería decirnos simplemente que mucha gente apoya la legalización de la marihuana, como reza el titular. Si es así, no entiendo qué tiene que ver el porcentaje de gente que la ha probado y, en todo caso, el dato de hoy en día sería más que suficiente. Por el contrario, la elección de la pregunta y los datos históricos sugieren más bien que el número de fumetas se ha disparado peligrosamente (crecimiento de 9 puntos en 19 años y ¡8 puntos en el último año!). Pero independientemente de su intención, la representación de una serie temporal debe hacerse de la siguiente manera:

Además, cuando hablamos de porcentajes, lo ideal es comprimir el eje hasta mostrar la referencia del 0 %:

Desatinos aparte, se agradece que CBSN especifique el margen de error, que es del +/- 4 % (con un nivel de confianza del 95 %, asumo, por lo que podemos inferir que el número de encuestados se sitúa entre 500 y 1000 personas). Una última mejora, por tanto, pasaría por añadir dicho margen de error:

Ahora tenemos una buena gráfica, pero el problema de fondo persiste: estamos haciendo periodismo de datos sin datos. ¿Qué hay entre 1997 y 2016? No lo sabemos (y no sabemos si lo saben), y por tanto no hay manera de interpretar el aparente crecimiento del último año. Podemos hacer, no obstante, el ejercicio de inventarnos unos cuantos datos, aunque sea de manera chabacana, y ver cómo podría cambiar el cuento:

Simplemente he cogido la media de los datos de 1997 y hoy y he generado valores según una normal de desviación adecuada al margen de error. Como resultado, el efecto de crecimiento acelerado desaparece. En definitiva, parece claro que ha habido un incremento desde el año 1997, pero poco o nada podemos decir del incremento del último año.

Sobrentendidos. 11 de febrero, Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia

Hace algunos años, yo no creía que días como hoy fuesen necesarios: días en los que se reivindica a tantas figuras históricas no solo como científicas, sino también en tanto que mujeres. Solía defender, con el ceño fruncido y la voz herida de orgullo que «yo» no necesitaba discriminación positiva, que los méritos debían brillar por sí mismos, que los genitales de cada cual son cosa suya, que el tiempo pone las cosas en su sitio…

Es lo que tienen los instintos morales: que hunden sus raíces hasta el estómago y, solo con tiempo, información y suficiente esfuerzo, somos capaces de cambiarlos. ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué cada vez que sale la palabra «feminismo» se monta un flame en Internet? Bien, este es el motivo. Todo el mundo conoce mujeres y todo el mundo «siente» (muy fuerte, a la altura del ombligo) cuál debe ser la actitud correcta hacia ellas; a saber, la suya propia. Rara vez 140 caracteres son suficientes para darse cuenta de que, además de sentimientos y un conocimiento parcial de ciertas mujeres, conviene tener a mano estudios e información objetiva que aclare las bases del problema. Muchos ni siquiera piensan que los datos deban ocupar un lugar en el debate.

Sin embargo, no hay nada como pillarte infraganti, víctima de tus propios sesgos, para empezar a dudar de esas intuiciones y girar la cabeza hacia los datos. En mi caso, la anécdota reveladora (o así la recuerdo yo: una especie de bisagra) vino de la mano de mi nueva carrera.

Cuando empecé el grado en Física, dio la casualidad de que tres de mis compañeros de trabajo habían empezado a estudiar por la UNED también. Ellos eran ingenieros y se habían matriculado en matemáticas. La rutina de estudios y exámenes daba para bastantes anécdotas y fomentaba el sentimiento de compañerismo, pero también… cierto grado de competición: llegaron los primeros exámenes y se descubrió que mis resultados en física eran muy buenos. Más concretamente, mis resultados en física eran mejores que los suyos en matemáticas. No en vano, soy una gran empollona, tan empollona que en 2° de carrera me dieron el premio a empollona del año de la Facultad de Ciencias de la UNED. Pero claro, ellos eran ingenieros, eran tres y, sí, eran hombres, así que algo debía de estar fallando.

La broma cuajó pronto. «Es que física es una carrera muy fácil», mucho más fácil que matemáticas, esto es. Pero lo malo no fue la broma. A fin de cuentas, era solo un comentario que nacía del juego, de la competencia sana entre pares, era eso, solo una broma. Lo malo fue el sobrentendido. Pronto, todos pensábamos que matemáticas debía de ser mucho más difícil que mis estudios. Pronto, yo misma pensaba que física no podía ser una carrera tan complicada.

Tardé todavía un año en darme cuenta de mi propio sobrentendido y algo más en asociarlo a cuestiones de género, a la imagen que yo misma tenía de “ellos” (ingenieros varones, luego más brillantes que yo) y de mi capacidad para las materias técnicas, esa capacidad que nunca hubiese puesto en duda de manera consciente. Descubrir ese sesgo misógino en mis propios ojos, como un filtro inconsciente y dirigido hacia mi propio desempeño, me hizo darme cuenta de cómo se lo aplicaba, sin quererlo, a otras mujeres. Me obligó a revisarme y a darme cuenta de que, sin datos, sin esfuerzo, sin activismo y sin días como hoy, el tiempo por sí solo nunca pondrá las cosas en su sitio.