Sobrentendidos. 11 de febrero, Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia

Hace algunos años, yo no creía que días como hoy fuesen necesarios: días en los que se reivindica a tantas figuras históricas no solo como científicas, sino también en tanto que mujeres. Solía defender, con el ceño fruncido y la voz herida de orgullo que «yo» no necesitaba discriminación positiva, que los méritos debían brillar por sí mismos, que los genitales de cada cual son cosa suya, que el tiempo pone las cosas en su sitio…

Es lo que tienen los instintos morales: que hunden sus raíces hasta el estómago y, solo con tiempo, información y suficiente esfuerzo, somos capaces de cambiarlos. ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué cada vez que sale la palabra «feminismo» se monta un flame en Internet? Bien, este es el motivo. Todo el mundo conoce mujeres y todo el mundo «siente» (muy fuerte, a la altura del ombligo) cuál debe ser la actitud correcta hacia ellas; a saber, la suya propia. Rara vez 140 caracteres son suficientes para darse cuenta de que, además de sentimientos y un conocimiento parcial de ciertas mujeres, conviene tener a mano estudios e información objetiva que aclare las bases del problema. Muchos ni siquiera piensan que los datos deban ocupar un lugar en el debate.

Sin embargo, no hay nada como pillarte infraganti, víctima de tus propios sesgos, para empezar a dudar de esas intuiciones y girar la cabeza hacia los datos. En mi caso, la anécdota reveladora (o así la recuerdo yo: una especie de bisagra) vino de la mano de mi nueva carrera.

Cuando empecé el grado en Física, dio la casualidad de que tres de mis compañeros de trabajo habían empezado a estudiar por la UNED también. Ellos eran ingenieros y se habían matriculado en matemáticas. La rutina de estudios y exámenes daba para bastantes anécdotas y fomentaba el sentimiento de compañerismo, pero también… cierto grado de competición: llegaron los primeros exámenes y se descubrió que mis resultados en física eran muy buenos. Más concretamente, mis resultados en física eran mejores que los suyos en matemáticas. No en vano, soy una gran empollona, tan empollona que en 2° de carrera me dieron el premio a empollona del año de la Facultad de Ciencias de la UNED. Pero claro, ellos eran ingenieros, eran tres y, sí, eran hombres, así que algo debía de estar fallando.

La broma cuajó pronto. «Es que física es una carrera muy fácil», mucho más fácil que matemáticas, esto es. Pero lo malo no fue la broma. A fin de cuentas, era solo un comentario que nacía del juego, de la competencia sana entre pares, era eso, solo una broma. Lo malo fue el sobrentendido. Pronto, todos pensábamos que matemáticas debía de ser mucho más difícil que mis estudios. Pronto, yo misma pensaba que física no podía ser una carrera tan complicada.

Tardé todavía un año en darme cuenta de mi propio sobrentendido y algo más en asociarlo a cuestiones de género, a la imagen que yo misma tenía de “ellos” (ingenieros varones, luego más brillantes que yo) y de mi capacidad para las materias técnicas, esa capacidad que nunca hubiese puesto en duda de manera consciente. Descubrir ese sesgo misógino en mis propios ojos, como un filtro inconsciente y dirigido hacia mi propio desempeño, me hizo darme cuenta de cómo se lo aplicaba, sin quererlo, a otras mujeres. Me obligó a revisarme y a darme cuenta de que, sin datos, sin esfuerzo, sin activismo y sin días como hoy, el tiempo por sí solo nunca pondrá las cosas en su sitio.

La luz: una metáfora

Lean Fotones y fotoncitos, de Joaquín Sevilla. Al principio se pone un poco técnico hablando de la dualidad onda-partícula:

La disquisición que llevó a siglos de peleas entre científicos sobre si la luz eran ondas o partículas quedó pues zanjada en un extraño empate.

Pero enseguida se le pasa. Aguanten hasta que llega la metáfora:

Una metáfora que puede ayudar a entenderlo sería suponer el haz de radiación como un chorro de partículas macroscópicas. En el extremo de los rayos gamma, los de más energía, esas partículas serían balas de rifle; los rayos X, balas de pistola; el ultravioleta lejano, piedras; el violeta, pelotas de goma; el rojo, pelotas de ping pong; y hacia abajo, cosas más sutiles, básicamente bolas de algodón.

Un balazo o una pedrada son biológicamente agresivos, potencialmente mortales. Lo son desde el primer impacto, no hay dosis inocua. En cambio con pelotas de ping pong es muy difícil matar a alguien. No es imposible, te puedes atragantar, te pueden asfixiar enterrado en una piscina de pelotas de ping pong. Pero hacen falta condiciones muy extremas y muchas pelotas (mucha intensidad) o situaciones muy exóticas.

Disgeusia, lectores compulsivos y niños voladores

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

El otro día tuve un golpe de curiosidad y me dispuse a abordar la lista de correo de Naukas con una pregunta repentina. No sé si os ha pasado alguna vez: sufres algún impacto (fuerte) en la cabeza y, de repente, sientes un sabor como ¿metálico? en la boca. En el fondo del paladar, casi a la altura de la nariz… ¿A qué se debe este fenómeno? Había preguntado a Google, pero creo que me faltaban incluso los términos con que buscar.

En apenas unos minutos, llegó la respuesta de la mano de César Tomé:

Efectivamente, la disgeusia (eso te ayudará con Google) puede aparecer como consecuencia de un golpe en la cabeza (usa concussion y dysgeusia si buscas en inglés). No suele durar más de un par de semanas. Si persiste mucho tiempo después del golpe, lo que indicaría que el daño en un nervio de tu cabeza no se ha recuperado, ya hay que ir al médico.

Tiene la misma base que el sabor metálico que yo siento en las primeras fases de mis resfriados, que empiezan con un entumecimiento del cielo de la boca y un sabor metálico. Eso significa, explicado muy groserísimamente, que se está acumulando mucosidad en los senos, y que está empezando a ejercer presión en los nervios del sistema olfativo, lo que yo interpreto como una modificación del sabor.

De hecho, en mi caso, empecé a moquear y lagrimear también, así que la explicación encaja perfectamente. Pero mi disgeusia duró apenas unos minutos. Como ejercicio de autohumillación, os contaré que mi golpe fue literal: iba tan en la parra escuchando música que me comí una farola en medio de la calle, #truestory.

Esta confesión inmediatamente despertó en la lista una especie de concurso de anécdotas cómicas, que reproduzco aquí con el permiso de los protagonistas. Por ejemplo, la de Francis Villatoro:

Dicen las malas lenguas que en una ocasión en la que yo iba leyendo por la calle (siempre lo hago) choqué contra una papelera de plástico en una farola, reboté, le pedí perdón, y continué andando como si nada. Yo no lo recuerdo. Pero como ocurrió en el campus se supone que hubo varios testigos (seguro que se compincharon para tener una anécdota sobre mí de la que presumir).

O la de Mónica Lalanda:

Lo mío fue peor. Pasé la infancia convencida de que podría volar. El truco era coger suficiente velocidad corriendo y agitando los brazos a máxima velocidad (sí, ya… [¡?]). En fin… en uno de esos ejercicios de despegue, choqué con una farola. Tres puntos en la frente acabaron con mi vida aeronáutica y mi dignidad (el evento es recordado por mis hermanos siempre que pueden… ¡qué jodíos!).

La anécdota de José Ramón Alonso constituye un microrrelato precioso:

Yo también volaba. Movía los brazos con fuerza y, de repente, notaba una resistencia debajo de ellos, el aire parecía espesarse y tenía que empujar más y más hasta que el cuerpo, poco a poco, se separaba del suelo. Me daba miedo así que no me alejaba mucho. Era muy pequeño y cuando fui al colegio, en un pequeño patio rodeado de columnas, un momento en que estaba solo lo intenté pero ya no funcionaba, el cuerpo parecía mucho más pesado y los brazos cortaban el aire sin esfuerzo. Nunca supe qué pasó. (Y no, no fumaba nada).

Y, por último, Arturo Quirantes encontraba su consuelo en las historias de los demás (todos un poquito, en realidad):

Yo también leo como un cosaco mientras ando (y también me alegro de no ser el único). Creo que hay una porra en mi familia sobre cuándo me daré el gran piñazo. De momento gano yo…

De pequeña yo no volaba, pero era una intrépida e innovadora acróbata. Subía a cada columpio dispuesta siempre a encontrar nuevas formas de desafiar la gravedad. Comprobé que las manos eran necesarias para hacer volteretas de manera 100% empírica: cayendo desde lo alto de una altísima (eso me parecía) barra. El golpe en la cabeza no dolió tanto como el que sufrió mi dignidad, así que me levanté con los ojos empapados y no le dije nada a nadie. Tendría 4 o 5 años, pero aún hoy me acuerdo.

En cualquier caso, lo que a mí me pierde es la música. De hecho: el único miniaccidente que he tenido en mi vida con el coche (cuando aún lo usaba) fue por el mismo motivo. Suben los violines y a mí se me nubla la vista, literalmente, así que rocé con el retrovisor al coche de al lado. Sirva en mi defensa que había tres filas de coches sobre solo dos carriles, pero aún así… si Rachmaninov, no conduzcas.

Finalmente, Javier de la Cueva nos ofreció a todos otra ración de consuelo en un relato histórico del despiste:

Veo que la gente de la lista pertenece a una antigua y larga tradición:

«Sócrates.— Es lo mismo que se cuenta de Tales, Teodoro. Este, cuando estudiaba los astros, se cayó en un pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía adelante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombres o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás seres, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo atentamente. ¿Comprendes, Teodoro, o no?

Teodoro.— Sí, y tienes razón.»

Platón. Teeteto. 174 a.

No creo que en Madrid pongan algún día farolas acolchadas, papeleras que cedan el paso, perros guía para lectores empedernidos… pero la próxima vez que me la dé, por lo menos sabré cómo llamarlo: ese sabor en el fondo del paladar es disgeusia.

Una ciencia más eficiente basada en la publicación de ideas

El actual sistema de publicación científica (y, en esencia, el motor último de la investigación) valora únicamente los resultados positivos. Esto arroja a la basura un montón de conocimiento valioso que también produce la ciencia: el inmenso mundo de las hipótesis nulas y los experimentos fallidos. El problema no es sólo la pérdida de información sino que, además, la asimetría en la valoración introduce un sesgo sobre las propias publicaciones científicas: el efecto de presionar a los investigadores para que sus resultados sean siempre positivos es que, muchas veces, esos resultados son muy difíciles de replicar después. Y no se trata de una falta de honestidad por parte de los investigadores; se trata de un sesgo y como tal, opera a nivel sistémico. Todas las publicaciones tenderán a ser un poco más positivas que la realidad, sencillamente, porque lo negativo es sistemáticamente rechazado.

En esta magnífica charla TEDx, Lucas Sánchez plantea una posible alternativa a todo esto. Una ciencia más eficiente basada en la publicación de ideas en lugar de resultados, de procesos en lugar de desenlaces que, además, facilitaría la comunicación de la ciencia a la sociedad. No os la perdáis.

Cuando la música era ciencia. Pamplonetario de Navarra

El pasado 14 de octubre impartí una charla en el Pamplonetario de Navarra, dentro del ciclo “Ciencia, Arte y Tecnología” organizado por la UPNA con el apoyo de la FECYT.

En ella abordo las cuestiones que ya vienen siendo habituales por esta casa: cuáles son las bases (físicas y fisiológicas) de la consonancia y la disonancia, cómo sirven de fundamento a nuestro sistema musical y otros a lo largo del mundo, para qué sirven las escalas…