La luz: una metáfora

Lean Fotones y fotoncitos, de Joaquín Sevilla. Al principio se pone un poco técnico hablando de la dualidad onda-partícula:

La disquisición que llevó a siglos de peleas entre científicos sobre si la luz eran ondas o partículas quedó pues zanjada en un extraño empate.

Pero enseguida se le pasa. Aguanten hasta que llega la metáfora:

Una metáfora que puede ayudar a entenderlo sería suponer el haz de radiación como un chorro de partículas macroscópicas. En el extremo de los rayos gamma, los de más energía, esas partículas serían balas de rifle; los rayos X, balas de pistola; el ultravioleta lejano, piedras; el violeta, pelotas de goma; el rojo, pelotas de ping pong; y hacia abajo, cosas más sutiles, básicamente bolas de algodón.

Un balazo o una pedrada son biológicamente agresivos, potencialmente mortales. Lo son desde el primer impacto, no hay dosis inocua. En cambio con pelotas de ping pong es muy difícil matar a alguien. No es imposible, te puedes atragantar, te pueden asfixiar enterrado en una piscina de pelotas de ping pong. Pero hacen falta condiciones muy extremas y muchas pelotas (mucha intensidad) o situaciones muy exóticas.

Extensions for ‘simmer’

A new version of the Discrete-Event Simulator for R was released a few days ago on CRAN. The most interesting new feature is the implementation of the subsetting operators [ and [[ for trajectory objects. Basically, think about trajectories as lists of activities and these operators will do (almost) everything you expect.

library(simmer)

t0 <- trajectory() %>%
  seize("resource", 1) %>%
  timeout(function() rexp(1, 2)) %>%
  release("resource", 2)

t0
## trajectory: anonymous, 3 activities
## { Activity: Seize        | resource: resource | amount: 1 }
## { Activity: Timeout      | delay: 0x55ffd06c5858 }
## { Activity: Release      | resource: resource | amount: 2 }
t0[c(3, 1)]
## trajectory: anonymous, 2 activities
## { Activity: Release      | resource: resource | amount: 2 }
## { Activity: Seize        | resource: resource | amount: 1 }

After the last maintenance update (v3.5.1), which fixed several bugs and included a new interesting vignette with SimPy examples translated to ‘simmer’, this v3.6.0 comes hand in hand with the first ‘simmer’ extension released on CRAN: simmer.plot.

The primary purpose of ‘simmer.plot’ is to detach plotting capabilities from the core package, to systematise and enhance them. If you were using any of the old plot_*() functions, you will get a deprecation warning pointing to the S3 method simmer.plot::plot.simmer. This vignette will help you make the transition.

‘simmer.plot’ also implements a new plot S3 method for trajectories. It produces a diagram of a given trajectory object, which is very helpful for debugging and checking that everything conforms your simulation model. Let us consider, for instance, the following pretty complex trajectory:

t0 <- trajectory() %>%
  seize("res0", 1) %>%
  branch(function() 1, c(TRUE, FALSE),
         trajectory() %>%
           clone(2,
                 trajectory() %>%
                   seize("res1", 1) %>%
                   timeout(1) %>%
                   release("res1", 1),
                 trajectory() %>%
                   trap("signal",
                        handler=trajectory() %>%
                          timeout(1)) %>%
                   timeout(1)),
         trajectory() %>%
           set_attribute("dummy", 1) %>%
           seize("res2", function() 1) %>%
           timeout(function() rnorm(1, 20)) %>%
           release("res2", function() 1) %>%
           release("res0", 1) %>%
           rollback(11)) %>%
  synchronize() %>%
  rollback(2) %>%
  release("res0", 1)

We must ensure that:

  • Resources are seized and released as we expect.
  • Branches end (or continue) where we expect.
  • Rollbacks point back to the activity we expect.

Things are indeed much easier if you can just inspect it visually:

library(simmer.plot)

plot(t0)

Note that different resources are mapped to a qualitative color scale, so that you can quickly glance whether you placed the appropriate seizes/releases for each resource.

Other interesting ‘simmer’ extensions are already on our roadmap. Particularly, Bart has been simmering a new package (still under development) called simmer.optim, which brings parameter optimisation to ‘simmer’. While ‘simmer’, as is, can help you answer a question like the following:

If we have x amount of resources of type A, what will the average waiting time in the process be?

‘simmer.optim’ is targeted to a reformulation like this:

What amount x of resources of type A minimises the waiting time, while still maintaining a utilisation level of \rho_A?

We would be very grateful if someone with experience on DES optimisation could try it out and give us some feedback. Simply install it from GitHub using ‘devtools’

devtools::install_github("r-simmer/simmer.optim")

and start from the README, which demonstrates the current functionalities.

Sheng, un instrumento de viento y 8 bits

Esa especie de rascacielos de maqueta que podéis ver en la imagen se llama “sheng”. La primera vez que me enseñaron el vídeo, pensé que debía de tratarse de un invento contemporáneo, un juguete creado ex profeso para sonar a Super Mario. Nada más lejos de la realidad: el sheng es un instrumento de viento tradicional chino, tan antiguo que aparece ya mencionado en textos del s. VII a. C. Sus abuelos de lengüeta libre, (otros instrumentos de viento conocidos como heyu) son, incluso anteriores a esta fecha: según wikipedia, datan de los siglos XIV a XII a. C.

Evidentemente, el instrumento ha cambiado bastante desde entonces y, especialmente en el siglo XX, ampliando su rango sonoro y su volumen, así como el número de tubos que lo componen. Las llaves también son un añadido del siglo pasado y son las que distinguen la versión más sofisticada del instrumento (keyed sheng, como el del primer vídeo, con más tubos y flexibilidad sonora) de la tradicional. Pero incluso la versión tradicional, tiene un sonido…

¿Quizás se le pueda sacar algún parecido con la armónica o el acordeón? Dentro de la tradición occidental son los instrumentos de lengüetas libres más conocidos.

Encuestas vs. la jodida realidad

muerteydestruccion

Hoy he leído que la gráfica que encabeza esta entrada muestra un «exitazo del modelo de escrutinio». Para mí, lo que esa rampa pronunciadísima grita simple y llanamente es «hola, no teníamos ni puta idea, y conforme hemos ido contando los votos, la realidad nos ha dado un gran hostión en toda la cara».

No me puedo creer que analistas que daban un 30 % de probabilidad de victoria a Trump hasta el último momento se muestren ahora como «no sorprendidos». No me lo creo. Se decían cosas como «la probabilidad de que gane Trump es la misma que la de que Ronaldo falle un penalti». Y daba la impresión de que votar era como tirar una moneda trucada al aire justo el día de las elecciones.

Y aquí estábamos, riéndonos, pensando que bueno, al final no ganará… es imposible… mira las encuestas… Lo que necesitamos es menos estudios de intención de voto y más estudios de los efectos de los estudios de intención de voto en la intención de voto.

Perdonad la pataleta, pero no es para menos: un paleto, racista, machista, agresor sexual, negacionista del cambio climático es el nuevo presidente de los Estados Unidos. Bienvenidos al sueño americano.

Disgeusia, lectores compulsivos y niños voladores

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

El otro día tuve un golpe de curiosidad y me dispuse a abordar la lista de correo de Naukas con una pregunta repentina. No sé si os ha pasado alguna vez: sufres algún impacto (fuerte) en la cabeza y, de repente, sientes un sabor como ¿metálico? en la boca. En el fondo del paladar, casi a la altura de la nariz… ¿A qué se debe este fenómeno? Había preguntado a Google, pero creo que me faltaban incluso los términos con que buscar.

En apenas unos minutos, llegó la respuesta de la mano de César Tomé:

Efectivamente, la disgeusia (eso te ayudará con Google) puede aparecer como consecuencia de un golpe en la cabeza (usa concussion y dysgeusia si buscas en inglés). No suele durar más de un par de semanas. Si persiste mucho tiempo después del golpe, lo que indicaría que el daño en un nervio de tu cabeza no se ha recuperado, ya hay que ir al médico.

Tiene la misma base que el sabor metálico que yo siento en las primeras fases de mis resfriados, que empiezan con un entumecimiento del cielo de la boca y un sabor metálico. Eso significa, explicado muy groserísimamente, que se está acumulando mucosidad en los senos, y que está empezando a ejercer presión en los nervios del sistema olfativo, lo que yo interpreto como una modificación del sabor.

De hecho, en mi caso, empecé a moquear y lagrimear también, así que la explicación encaja perfectamente. Pero mi disgeusia duró apenas unos minutos. Como ejercicio de autohumillación, os contaré que mi golpe fue literal: iba tan en la parra escuchando música que me comí una farola en medio de la calle, #truestory.

Esta confesión inmediatamente despertó en la lista una especie de concurso de anécdotas cómicas, que reproduzco aquí con el permiso de los protagonistas. Por ejemplo, la de Francis Villatoro:

Dicen las malas lenguas que en una ocasión en la que yo iba leyendo por la calle (siempre lo hago) choqué contra una papelera de plástico en una farola, reboté, le pedí perdón, y continué andando como si nada. Yo no lo recuerdo. Pero como ocurrió en el campus se supone que hubo varios testigos (seguro que se compincharon para tener una anécdota sobre mí de la que presumir).

O la de Mónica Lalanda:

Lo mío fue peor. Pasé la infancia convencida de que podría volar. El truco era coger suficiente velocidad corriendo y agitando los brazos a máxima velocidad (sí, ya… [¡?]). En fin… en uno de esos ejercicios de despegue, choqué con una farola. Tres puntos en la frente acabaron con mi vida aeronáutica y mi dignidad (el evento es recordado por mis hermanos siempre que pueden… ¡qué jodíos!).

La anécdota de José Ramón Alonso constituye un microrrelato precioso:

Yo también volaba. Movía los brazos con fuerza y, de repente, notaba una resistencia debajo de ellos, el aire parecía espesarse y tenía que empujar más y más hasta que el cuerpo, poco a poco, se separaba del suelo. Me daba miedo así que no me alejaba mucho. Era muy pequeño y cuando fui al colegio, en un pequeño patio rodeado de columnas, un momento en que estaba solo lo intenté pero ya no funcionaba, el cuerpo parecía mucho más pesado y los brazos cortaban el aire sin esfuerzo. Nunca supe qué pasó. (Y no, no fumaba nada).

Y, por último, Arturo Quirantes encontraba su consuelo en las historias de los demás (todos un poquito, en realidad):

Yo también leo como un cosaco mientras ando (y también me alegro de no ser el único). Creo que hay una porra en mi familia sobre cuándo me daré el gran piñazo. De momento gano yo…

De pequeña yo no volaba, pero era una intrépida e innovadora acróbata. Subía a cada columpio dispuesta siempre a encontrar nuevas formas de desafiar la gravedad. Comprobé que las manos eran necesarias para hacer volteretas de manera 100% empírica: cayendo desde lo alto de una altísima (eso me parecía) barra. El golpe en la cabeza no dolió tanto como el que sufrió mi dignidad, así que me levanté con los ojos empapados y no le dije nada a nadie. Tendría 4 o 5 años, pero aún hoy me acuerdo.

En cualquier caso, lo que a mí me pierde es la música. De hecho: el único miniaccidente que he tenido en mi vida con el coche (cuando aún lo usaba) fue por el mismo motivo. Suben los violines y a mí se me nubla la vista, literalmente, así que rocé con el retrovisor al coche de al lado. Sirva en mi defensa que había tres filas de coches sobre solo dos carriles, pero aún así… si Rachmaninov, no conduzcas.

Finalmente, Javier de la Cueva nos ofreció a todos otra ración de consuelo en un relato histórico del despiste:

Veo que la gente de la lista pertenece a una antigua y larga tradición:

«Sócrates.— Es lo mismo que se cuenta de Tales, Teodoro. Este, cuando estudiaba los astros, se cayó en un pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía adelante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombres o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás seres, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo atentamente. ¿Comprendes, Teodoro, o no?

Teodoro.— Sí, y tienes razón.»

Platón. Teeteto. 174 a.

No creo que en Madrid pongan algún día farolas acolchadas, papeleras que cedan el paso, perros guía para lectores empedernidos… pero la próxima vez que me la dé, por lo menos sabré cómo llamarlo: ese sabor en el fondo del paladar es disgeusia.