Estudiando física a distancia

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

Han sido 5 largos años. Pero por fin, hace 2 semanas, presenté mi Trabajo Fin de Grado. Por fin, después de todo este tiempo, ¡soy graduada en Física por la UNED! Y con la alegría que ya ha sobrescrito la euforia inicial, toca echar una mirada hacia atrás. Toca contaros cómo ha sido esta experiencia y animar a aquellos que, quizás como yo en 2012, tienen dudas. Si ese fuese tu caso, permíteme este breve atajo: 

¿Cómo ha sido estudiar física en la UNED?

Ha sido duro, sobre todo los últimos años, agotador. Pero también ha sido muy bonito, divertido a ratos y un reto enormemente estimulante.

Si estás dudando si matricularte, o si alguna vez le tuviste ganas y no te atreviste, ¡adelante!, lánzate a la piscina. Seguro que lo disfrutarás. Pero deja que te dé también algunos consejos. Deja que te advierta sobre los aspectos positivos y  algunos de los más negativos que tiene estudiar de manera no presencial. Luego no dirás que no te avisaron ;) 

1. La UNED

Lo que todos sabréis es que la UNED es una universidad pública española fundada en los 70 que permite estudiar a distancia. Lo que probablemente no sepáis es que es, de hecho, la primera universidad por número de alumnos en España y que el proyecto nació con la vocación de hacer accesible la educación universitaria a todos los sectores de la población, especialmente aquellos alejados de los centros urbanos. Hoy, la UNED, sigue cumpliendo esta función social fundamental y, en época de exámenes, es común coincidir con algún profesor que coordina la convocatoria también, por ejemplo, en centros penitenciarios.

Por este motivo, para mí al menos, ha sido fácil cogerle cariño a esta institución. No es una universidad corriente y probablemente no sea la mejor, ni la más fácil. Pero, desde luego, ofrece experiencias y oportunidades que ninguna otra puede ofrecer.

Más allá de esto, conviene que sepas que su Sede Central se ubica en Madrid, cerca de Ciudad Universitaria y que tiene una biblioteca preciosa. Pero además, la UNED cuenta con multitud de centros asociados por toda la península (e incluso un edificio en México): algo así como las “sucursales” de la UNED, con sus propias bibliotecas, salas de estudio, aulas, laboratorios, etcétera.

2. Los unedianos

Precisamente, uno de los factores más diferentes es su alumnado. En la UNED no encontrarás chavales de 18 años desorientados por las hormonas, ni carteles de “busco compañero de piso”, ni convocatorias para el siguiente macrofiestón. No tengo nada en contra de todas estas cosas, aclaro, todo tiene su momento y la universidad, si tienes la suerte de vivirla de manera desahogada, también debe ser eso. Pero quienes estudian en la UNED, generalmente, ya no están buscando eso. El propósito principal es otro; sacarse una carrera, aprovechar el tiempo lo máximo posible. Nadie está aquí sin querer estarloEse cambio de chip es uno de los aspectos que más distinguen a esta universidad. 

Personalmente, una de mis escenas preferidas es siempre ver a señores y señoras de edad muy avanzada en la cola de los exámenes. No se me ocurre mayor muestra de curiosidad que esta: el deseo de seguir aprendiendo mucho después de terminar “la carrera”, más allá de las expectativas laborales o cualquier motivación práctica. VIVAN los abuelos de la UNED. Les abrazaría con ardor… si no fuese porque son perfectos desconocidos, claro.

Y esa es, precisamente, la cara negativa de esta historia. Realmente, apenas vas a conocer a tus compañeros. Entiéndase: llevo cinco años en esta facultad y creo que conservo el contacto con… tres de ellos. Precisamente, los tres con los que he coincidido repetidamente en prácticas o en alguna tutoría. Pero es lo que tenemos los simios sociales: que necesitamos caras para leer las emociones, para empatizar y para beber café juntos. A distancia, cualquiera de estas cosas se hace más difícil.

Surge, en cambio, otro tipo de compañerismo mucho más cómplice y basado en el anonimato. Fuera de la facultad, siempre acabarás cruzándote con otro unediano (insisto, es la universidad con más alumnos de toda España), os miraréis sabiéndoos marcados por la misma historia y empezaréis a desbarrar acerca de los exámenes infernales de tan solo dos horas y los foros virtuales desatendidos. Es como pertenecer a una logia secreta, rollo los masones, pero sin capa, rituales ni mierdas.

3. La ausencia de clases

Efectivamente, es una universidad a distancia, así que, en general, no vas a poder asistir a clases presenciales. En general, digo: en algunos casos, en los centros asociados, sí se imparten tutorías de algunas asignaturas (opcionales en todos los casos). Todo depende del número de alumnos matriculados que haya. En Física, cuando a mí me tocó, solo tuve tutorías para las asignaturas de 1º (debe de ser que muchos abandonan después del primer año).

¿Cómo se reemplaza, entonces, este formato profesor-chapa que a todos nos resulta tan familiar? Pues con libros y con lo que en la UNED se conoce como “campus virtual”.

En general, cada asignatura cuenta con un libro básico (necesitas comprarlo) sobre el que se articula el temario y otros libros complementarios que no tendrás tiempo de leer. En algunos casos, el libro será un “clásico” de la materia correspondiente. A veces, en cambio, son libros de la propia UNED adaptados al método de aprendizaje (con más o menos fortuna y más o menos erratas).

Por otra parte, está el campus virtual; el portal donde se reúne toda la información que la UNED pone a tu disposición, desde tu expediente académico hasta el estado de tu matrícula. En el campus, cada asignatura tiene su propio espacio donde, en general, todas ellas publican:

  • Documentos relativos a la organización de la propia asignatura: criterios de evaluación, fechas de los exámenes, temario, calendario, objetivos, etcétera.
  • Materiales didácticos complementarios. Suelen ser apuntes, aclaraciones respecto al libro base y, casi siempre, problemas resueltos que resultan de gran ayuda.
  • En ocasiones más raras, algunos profesores deciden organizar clases virtuales (una al mes, aproximadamente, pero varía un montón). Tras su celebración, quedan grabadas y disponibles en el campus. No obstante, por su naturaleza remota, no son realmente equivalentes a una clase. Desde mi punto de vista, lo más grave es que los alumnos, incluso si asisten “en directo”, sólo pueden interrumpir y plantear dudas a través de un chat. Ahora, intenta escribir una duda sobre alguna ecuación de mecánica de fluidos a través de un chat… pues eso, no es lo mismo.
  • Por último cada asignatura tiene un foro donde se pueden plantear dudas (este ya con editor de LaTeX y posibilidad de adjuntar archivos). Hay profesores que animan a seguirlos de manera sistemática por si algún compañero publica alguna pregunta que, de rebote, te resulte de utilidad también a ti… desde mi punto de vista, la relación señal-ruido no justifica este tipo de seguimiento. Yo, por lo menos, lo he usado solo para plantear mis propias dudas y poder leer la respuesta del profesor. Para esto, efectivamente, resulta de gran utilidad.

Dicho todo esto, yo no creo que el campus virtual llegue realmente a sustituir el apoyo que supone asistir a clases presenciales y, por este motivo, creo que estudiar a distancia es más difícil en general. Durante un cuatrimestre disfruté de una beca y pude asistir a clases en la UNAM (México). Mis resultados mejoraron significativamente y, aún así, tengo la sensación de que todo me resultó mucho más fácil, mucho más intuitivo. Existen demasiadas variables mezcladas en esta comparación, desde el nivel de las universidades al hecho de que en México yo no estaba trabajando, pasado por el aporte energético de las quesadillas y el chile diarios. Pero, más allá de estos factores, creo que las clases jugaron un papel importante.

Ciertamente, se puede aprender a partir de libros: de hecho, cualquier libro contendrá menos errores que tu apresurada colección de apuntes. Cualquier libro repetirá la lección todas las veces que sea necesario. Y, sin embargo, la repetirá todas las veces igual. Es esto, precisamente, lo que se pierde: la redundancia del sistema profesor-chapa que incide más en aquello que es más relevante; la capacidad de pedir otro ejemplo más a la carta; el tratar de expresarlo con tus propias palabras y que el profesor, al momento, te corrija. No obstante, creo que ninguna de estas cosas debería verse impedida por la distancia, más bien, creo que la UNED debería actualizarse para hacerlas más factibles. Por ejemplo: sustituyendo las clases virtuales por verdaderas videoconferencias, donde los alumnos puedan también interrumpir y hablar, en lugar de intervenir únicamente a través de un torpe chat. O, quizás, facilitando vídeo llamadas que permitan contactar más ágilmente con cualquier profesor.

4. Las prácticas

Como no podía ser de otra manera, en una carrera científica, también tienes que realizar prácticas. Técnicas Experimentales es la única asignatura que no se puede realizar completamente “a distancia”. Para que resulte lo más accesible posible, lo que se hace es concentrar el tiempo de laboratorio en una sola semana dedicada a la toma de datos (en Madrid, en 1º, había grupos incluso los fines de semana). Las memorias quedan para más tarde, relegadas al trabajo personal en casa.

En 1º y en 2º los distintos centros asociados cuentan con material para que los alumnos no tengan que desplazarse a Madrid. A partir de 3º de Física, en cambio, las prácticas solo se imparten en la Sede Central, por lo que la UNED ofrece pequeñas ayudas de viaje para aquellos alumnos que vienen desde lejos.

Las prácticas han sido, durante todos estos años y sin dudarlo, mi asignatura preferida de la carrera. Es el lugar donde las ecuaciones se hacen carne, algo así… una verdadera belleza. Pero también han requerido de mí, durante 4 años, una semana entera de mis vacaciones laborales. Que no me quejo, conste, cada cual llama “ocio” a lo que quiere. Pero es cierto que termina agotando, hay que tenerlo en cuenta.

5. El estudio

Superadas las prácticas y familiarizado con el campus virtual, esta es la parte que solo depende de ti mismo, el verdadero reto. Tú y tus horas libres, tú frente a tu libro y tu ordenador. Tú y tus muy resistentes codos.

Estudiar, incluso estudiar algo tan aparentemente complejo como puede ser física, no es tan difícil. Pero requiere constancia. Hay materias que, más que “comprenderlas”, requieren que te acostumbres a ellas., que adquieras agilidad con cierto lenguaje, con algunas convenciones necesarias. Y no es una cuestión solo de inteligencia. La inteligencia puede llevarte a intuir la solución antes; pero hay caminos que tienes que pisar muchas veces para dejar de tropezarte.

Dicho lo cual, en general, yo no estudiaba todos los días. Es cierto que los libros de la UNED, estos años, han ido reemplazando mis lecturas en el metro. Y, dependiendo del día y de la jornada laboral, también podía ponerme a resolver problemas alguna tarde entre semana. Pero mi mayor batalla, sobre todo en los últimos años, se libraba los fines de semana. Intensos. Fines. De semana (¿os he dicho ya que mis vacaciones eran también para esto, no? Pues eso, agotador). Y para hacer un uso eficiente de un tiempo tan limitado, me resultó especialmente útil el calendario con la programación de cada asignatura y seguir la evaluación continua. 

De hecho, creo que esta ha sido toda la clave para mí. Cada asignatura cuenta con un calendario que te orienta sobre el progreso que deberías seguir semana a semana. La verdad es que nunca he conseguido llevarlo al día. Pero el hecho de dividir al monstruo en cachitos, en pequeños progresos de 7 días, lo vuelve mucho más digerible. Cada comienzo de curso para mí ha sido idéntico: abrir mi agenda, apuntar los temas por semana. Ir tachando, poco a poco, hasta el día del examen. 

Y, del mismo modo, las pruebas de evaluación continua (las famosas “PEC”) me ayudaron a mantener mis objetivos. Las PECs de la UNED consisten en ejercicios (simulacros de examen en muchos casos) y tests online, siempre optativos, que cada cual resuelve desde casa en una ventana de tiempo determinada y que se entregan a través del campus. Desde mi punto de vista, son poco relevantes en tanto que “evaluación” (en muchos casos, las PECs no cuentan más de un 10% o un 20% de la calificación final) pero son de gran ayuda de cara al estudio. En primer lugar porque haciéndolas aprendes a hacerlas (suelen ayudar a comprender la materia). Pero, sobre todo, porque suponen una línea de meta que uno mismo se pone a mitad de camino y que previene el abandono y (un poco) la locura previa al examen final. Hablando de lo cual…

6. Los exámenes

Los exámenes en la UNED se celebran al final de cada cuatrimestre durante dos semanas con una semana de descanso entre medias. Puedes presentarte a cada asignatura en la convocatoria de la primera semana o en la segunda y los horarios son fijos e iguales para todas las carreras: 9:00, 11:30, 16:00, 18:30; ventanas de dos horas con media hora para desalojar y realojar entre medias. Eso sí, si la primera semana el examen de una asignatura se celebra por la mañana, durante la segunda semana, ese examen tendrá lugar por la tarde, de modo que todo el mundo pueda presentarse y elegir, al menos, entre dos horarios distintos.

Una vez elegida la convocatoria que más te conviene, solo debes asistir al centro asociado que se te hayan asignado con tu carné de la UNED entre los dientes. El espectáculo que sigue te sorprenderá: cientos de personas haciendo cola ante una impresora. Cuando llega tu turno, pasas tu carné por un detector y se imprime automáticamente tu examen con un asiento asignado mediante un sistema que se asegura de que a tus lados nadie se examine de lo mismo que tú. Y, efectivamente, cuando llegas a tu sitio, el tipo que tienes al lado suele ser estudiante de Derecho, o de Antropología o, más probablemente aún, de Psicología.

No conoces a nadie en la sala. Y aunque, por alguna casualidad cósmica, estuviese algún profesor de física allí, tampoco puedes consultarle nada: ni sobre los enunciados, ni sobre posibles erratas, ni sobre nada. La idea es garantizar que todo el mundo se presenta, exactamente, en las mismas condiciones (y, claro, no puede haber un profesor de cada carrera en cada sala). A las dos horas de haber imprimido tu examen, debes entregarlo o, en caso contrario, alguien anunciará tu nombre: “Almudena Martín Castro, se ha acabado su tiempo, muahahahaha” (dramatización).

Es una situación divertida. Y es un método de evaluación nefasto. No hay manera de demostrar lo que uno sabe sobre asignaturas de cierta complejidad (como Cuántica, o Métodos Matemáticos) en un único examen de apenas dos horas. Tampoco es que exista una alternativa mucho mejor, o a mí no se me ocurre una, dadas las características de la UNED. Supongo que es un mal necesario.

7. Otros consejos y miscelánea

  • Yo he sido un poco bruta cogiendo asignaturas y he acabado la carrera en 5 años (más o menos a curso por año más uno para el TFG). No lo recomiendo: no lo hagáis, en serio, es una paliza. Diría que medio curso por año es razonable si, además de estudiar, trabajas.
  • Hay asignaturas fáciles, difíciles, mortales y luego está Mecánica Teórica. Cuando llegues a ella, no llores. Todos hemos pasado por ahí y es una materia preciosa. El equipo docente, además, está siempre dispuesto a ayudar.
  • Para preparar los exámenes viene muy bien el repositorio de Barbastro. Pero tampoco te cebes. Corres el riesgo de sobreentrenar tu algoritmo.
  • Si ya estás con medio pie dentro, échale un ojo a este blog de Abraham Rubio. Describe de manera mucho más detallada cómo es estudiar física en la UNED.
  • Tómatelo con calma. Permítete suspender. Puede esperar a septiembre. Ten en cuenta que no hay un límite de asignaturas superadas por año, ni un límite de años que puedas estar estudiando. Puedes matricularte de una sola asignatura si quieres por curso. Si vas a hacerlo por pasártelo bien, pásatelo bien y para eso, sobre todo (léase sin melodía): despacito.

Falta una semana para #Naukas17

Falta una semana, menos de 7 días para que vuelva a Bilbao el mayor espectáculo de divulgación científica. Y aunque parezca difícil, este año parece que va a superar todas las expectativas. Este año marcará la diferencia. 

No será, eso sí, por el formato: fieles a la marca, Naukas seguirá consistiendo en charlas de 10 minutos sobre algún tema relacionado con la ciencia, accesibles para todos los públicos y aderezadas con mucho humor. Esta es la fórmula mágica que, año tras año, ha conseguido que el evento vaya creciendo. ¡Y vaya si ha crecido! El segundo año, conseguimos llenar el auditorio principal del Bizkaia Aretoa. A partir del tercero, fue necesario abrir salas adyacentes para que la gente pudiese disfrutar, si no del directo, de un buen streaming. En los últimos años, sencillamente, el edificio ya no tenía capacidad suficiente para semejante afluencia de público. Así que en 2017 le decimos adiós a nuestro ya querido Bizkaia Aretoa y nos mudamos a… ¡el Palacio Euskalduna!


Ahora bien, la mudanza no está exenta de retos. Ahora tenemos unas 2000 localidades que llenar (animaos a venir, ¡hay hueco al fondo!) y un escenario mucho más imponente que pondrá a prueba nuestros nervios de gelatina. Por lo menos los míos, que siempre soñé con actuar en un auditorio como este…

Si bien no ha sido mi piano lo que me ha llevado a semejante escenario, os puedo adelantar que a la charla de este año tampoco le faltará una buena dosis de música. Esta vez, Iñaki y yo actuamos juntos y… sólo os puedo adelantar que es la charla más chula que hemos preparado hasta la fecha. Creedme: no queréis perdérosla.

Pero si no basta con mi palabra, aquí tenéis un buen puñado de razones para presentaros en Bilbao el jueves que viene y no dejar de flipar hasta el domingo. Y, si alguno se queda con ganas de más, puede quedarse una semana más para disfrutar de todos los eventos (Scenio, Science+JMED!) organizados por la Cátedra de Cultura Científica de la UPV que llenarán de ciencia la plaza de Bizkaia hasta el 24 de septiembre.

Sobrentendidos. 11 de febrero, Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia

Hace algunos años, yo no creía que días como hoy fuesen necesarios: días en los que se reivindica a tantas figuras históricas no solo como científicas, sino también en tanto que mujeres. Solía defender, con el ceño fruncido y la voz herida de orgullo que «yo» no necesitaba discriminación positiva, que los méritos debían brillar por sí mismos, que los genitales de cada cual son cosa suya, que el tiempo pone las cosas en su sitio…

Es lo que tienen los instintos morales: que hunden sus raíces hasta el estómago y, solo con tiempo, información y suficiente esfuerzo, somos capaces de cambiarlos. ¿Os habéis preguntado alguna vez por qué cada vez que sale la palabra «feminismo» se monta un flame en Internet? Bien, este es el motivo. Todo el mundo conoce mujeres y todo el mundo «siente» (muy fuerte, a la altura del ombligo) cuál debe ser la actitud correcta hacia ellas; a saber, la suya propia. Rara vez 140 caracteres son suficientes para darse cuenta de que, además de sentimientos y un conocimiento parcial de ciertas mujeres, conviene tener a mano estudios e información objetiva que aclare las bases del problema. Muchos ni siquiera piensan que los datos deban ocupar un lugar en el debate.

Sin embargo, no hay nada como pillarte infraganti, víctima de tus propios sesgos, para empezar a dudar de esas intuiciones y girar la cabeza hacia los datos. En mi caso, la anécdota reveladora (o así la recuerdo yo: una especie de bisagra) vino de la mano de mi nueva carrera.

Cuando empecé el grado en Física, dio la casualidad de que tres de mis compañeros de trabajo habían empezado a estudiar por la UNED también. Ellos eran ingenieros y se habían matriculado en matemáticas. La rutina de estudios y exámenes daba para bastantes anécdotas y fomentaba el sentimiento de compañerismo, pero también… cierto grado de competición: llegaron los primeros exámenes y se descubrió que mis resultados en física eran muy buenos. Más concretamente, mis resultados en física eran mejores que los suyos en matemáticas. No en vano, soy una gran empollona, tan empollona que en 2° de carrera me dieron el premio a empollona del año de la Facultad de Ciencias de la UNED. Pero claro, ellos eran ingenieros, eran tres y, sí, eran hombres, así que algo debía de estar fallando.

La broma cuajó pronto. «Es que física es una carrera muy fácil», mucho más fácil que matemáticas, esto es. Pero lo malo no fue la broma. A fin de cuentas, era solo un comentario que nacía del juego, de la competencia sana entre pares, era eso, solo una broma. Lo malo fue el sobrentendido. Pronto, todos pensábamos que matemáticas debía de ser mucho más difícil que mis estudios. Pronto, yo misma pensaba que física no podía ser una carrera tan complicada.

Tardé todavía un año en darme cuenta de mi propio sobrentendido y algo más en asociarlo a cuestiones de género, a la imagen que yo misma tenía de “ellos” (ingenieros varones, luego más brillantes que yo) y de mi capacidad para las materias técnicas, esa capacidad que nunca hubiese puesto en duda de manera consciente. Descubrir ese sesgo misógino en mis propios ojos, como un filtro inconsciente y dirigido hacia mi propio desempeño, me hizo darme cuenta de cómo se lo aplicaba, sin quererlo, a otras mujeres. Me obligó a revisarme y a darme cuenta de que, sin datos, sin esfuerzo, sin activismo y sin días como hoy, el tiempo por sí solo nunca pondrá las cosas en su sitio.

Sheng, un instrumento de viento y 8 bits

Esa especie de rascacielos de maqueta que podéis ver en la imagen se llama “sheng”. La primera vez que me enseñaron el vídeo, pensé que debía de tratarse de un invento contemporáneo, un juguete creado ex profeso para sonar a Super Mario. Nada más lejos de la realidad: el sheng es un instrumento de viento tradicional chino, tan antiguo que aparece ya mencionado en textos del s. VII a. C. Sus abuelos de lengüeta libre, (otros instrumentos de viento conocidos como heyu) son, incluso anteriores a esta fecha: según wikipedia, datan de los siglos XIV a XII a. C.

Evidentemente, el instrumento ha cambiado bastante desde entonces y, especialmente en el siglo XX, ampliando su rango sonoro y su volumen, así como el número de tubos que lo componen. Las llaves también son un añadido del siglo pasado y son las que distinguen la versión más sofisticada del instrumento (keyed sheng, como el del primer vídeo, con más tubos y flexibilidad sonora) de la tradicional. Pero incluso la versión tradicional, tiene un sonido…

¿Quizás se le pueda sacar algún parecido con la armónica o el acordeón? Dentro de la tradición occidental son los instrumentos de lengüetas libres más conocidos.

Disgeusia, lectores compulsivos y niños voladores

(Esta anotación se publica simultáneamente en Naukas)

El otro día tuve un golpe de curiosidad y me dispuse a abordar la lista de correo de Naukas con una pregunta repentina. No sé si os ha pasado alguna vez: sufres algún impacto (fuerte) en la cabeza y, de repente, sientes un sabor como ¿metálico? en la boca. En el fondo del paladar, casi a la altura de la nariz… ¿A qué se debe este fenómeno? Había preguntado a Google, pero creo que me faltaban incluso los términos con que buscar.

En apenas unos minutos, llegó la respuesta de la mano de César Tomé:

Efectivamente, la disgeusia (eso te ayudará con Google) puede aparecer como consecuencia de un golpe en la cabeza (usa concussion y dysgeusia si buscas en inglés). No suele durar más de un par de semanas. Si persiste mucho tiempo después del golpe, lo que indicaría que el daño en un nervio de tu cabeza no se ha recuperado, ya hay que ir al médico.

Tiene la misma base que el sabor metálico que yo siento en las primeras fases de mis resfriados, que empiezan con un entumecimiento del cielo de la boca y un sabor metálico. Eso significa, explicado muy groserísimamente, que se está acumulando mucosidad en los senos, y que está empezando a ejercer presión en los nervios del sistema olfativo, lo que yo interpreto como una modificación del sabor.

De hecho, en mi caso, empecé a moquear y lagrimear también, así que la explicación encaja perfectamente. Pero mi disgeusia duró apenas unos minutos. Como ejercicio de autohumillación, os contaré que mi golpe fue literal: iba tan en la parra escuchando música que me comí una farola en medio de la calle, #truestory.

Esta confesión inmediatamente despertó en la lista una especie de concurso de anécdotas cómicas, que reproduzco aquí con el permiso de los protagonistas. Por ejemplo, la de Francis Villatoro:

Dicen las malas lenguas que en una ocasión en la que yo iba leyendo por la calle (siempre lo hago) choqué contra una papelera de plástico en una farola, reboté, le pedí perdón, y continué andando como si nada. Yo no lo recuerdo. Pero como ocurrió en el campus se supone que hubo varios testigos (seguro que se compincharon para tener una anécdota sobre mí de la que presumir).

O la de Mónica Lalanda:

Lo mío fue peor. Pasé la infancia convencida de que podría volar. El truco era coger suficiente velocidad corriendo y agitando los brazos a máxima velocidad (sí, ya… [¡?]). En fin… en uno de esos ejercicios de despegue, choqué con una farola. Tres puntos en la frente acabaron con mi vida aeronáutica y mi dignidad (el evento es recordado por mis hermanos siempre que pueden… ¡qué jodíos!).

La anécdota de José Ramón Alonso constituye un microrrelato precioso:

Yo también volaba. Movía los brazos con fuerza y, de repente, notaba una resistencia debajo de ellos, el aire parecía espesarse y tenía que empujar más y más hasta que el cuerpo, poco a poco, se separaba del suelo. Me daba miedo así que no me alejaba mucho. Era muy pequeño y cuando fui al colegio, en un pequeño patio rodeado de columnas, un momento en que estaba solo lo intenté pero ya no funcionaba, el cuerpo parecía mucho más pesado y los brazos cortaban el aire sin esfuerzo. Nunca supe qué pasó. (Y no, no fumaba nada).

Y, por último, Arturo Quirantes encontraba su consuelo en las historias de los demás (todos un poquito, en realidad):

Yo también leo como un cosaco mientras ando (y también me alegro de no ser el único). Creo que hay una porra en mi familia sobre cuándo me daré el gran piñazo. De momento gano yo…

De pequeña yo no volaba, pero era una intrépida e innovadora acróbata. Subía a cada columpio dispuesta siempre a encontrar nuevas formas de desafiar la gravedad. Comprobé que las manos eran necesarias para hacer volteretas de manera 100% empírica: cayendo desde lo alto de una altísima (eso me parecía) barra. El golpe en la cabeza no dolió tanto como el que sufrió mi dignidad, así que me levanté con los ojos empapados y no le dije nada a nadie. Tendría 4 o 5 años, pero aún hoy me acuerdo.

En cualquier caso, lo que a mí me pierde es la música. De hecho: el único miniaccidente que he tenido en mi vida con el coche (cuando aún lo usaba) fue por el mismo motivo. Suben los violines y a mí se me nubla la vista, literalmente, así que rocé con el retrovisor al coche de al lado. Sirva en mi defensa que había tres filas de coches sobre solo dos carriles, pero aún así… si Rachmaninov, no conduzcas.

Finalmente, Javier de la Cueva nos ofreció a todos otra ración de consuelo en un relato histórico del despiste:

Veo que la gente de la lista pertenece a una antigua y larga tradición:

«Sócrates.— Es lo mismo que se cuenta de Tales, Teodoro. Este, cuando estudiaba los astros, se cayó en un pozo, al mirar hacia arriba, y se dice que una sirvienta tracia, ingeniosa y simpática, se burlaba de él, porque quería saber las cosas del cielo, pero se olvidaba de las que tenía adelante y a sus pies. La misma burla podría hacerse de todos los que dedican su vida a la filosofía. En realidad, a una persona así le pasan desapercibidos sus próximos y vecinos, y no solamente desconoce qué es lo que hacen, sino el hecho mismo de que sean hombres o cualquier otra criatura. Sin embargo, cuando se trata de saber qué es en verdad el hombre y qué le corresponde hacer o sufrir a una naturaleza como la suya, a diferencia de los demás seres, pone todo su esfuerzo en investigarlo y examinarlo atentamente. ¿Comprendes, Teodoro, o no?

Teodoro.— Sí, y tienes razón.»

Platón. Teeteto. 174 a.

No creo que en Madrid pongan algún día farolas acolchadas, papeleras que cedan el paso, perros guía para lectores empedernidos… pero la próxima vez que me la dé, por lo menos sabré cómo llamarlo: ese sabor en el fondo del paladar es disgeusia.