Cualquiera puede realizar cualquier cantidad de trabajo, siempre que ese trabajo no sea lo que se supone que debería estar haciendo en ese momento.
(Robert Benchley, actor, crítico teatral y humorista estadounidense)
Cualquiera puede realizar cualquier cantidad de trabajo, siempre que ese trabajo no sea lo que se supone que debería estar haciendo en ese momento.
(Robert Benchley, actor, crítico teatral y humorista estadounidense)
(José Luis Martín en su libro de humor gráfico La sonrisa divina. Vía ELPAÍS.com)
No sé muy bien por qué en este país se le tiene especial aprecio al Rey Juan Carlos I. La gente suele argüir que, por lo menos, aquí la monarquía no la anda liando en las revistas del corazón como en Inglaterra. Yo opino más bien lo contrario: ya que van a vivir del morro, por lo menos que entretengan al vulgo, como todos los demás parásitos. De hecho, el mayor problema de la relativa invisibilidad de la monarquía española, es que al final justifica que mucha gente que conozco, incluso la racional, se autoproclamen «juancarlistas»; «republicanos pero». No dudo que el tipo sea un encanto, como no dudo que haya habido algún dictador en la historia capaz de contar buenos chistes, pero, evidentemente, nada de esto legitima su figura política.
Si tú también piensas que no hay «campechanez» en el mundo capaz de justificar la pervivencia de un sistema arbitrario y obsoleto, basado en la última voluntad de un dictador, te invito a unirte a la cacerolada difundida a través de Internet, esta noche, a las 21:00, durante el discurso del Rey.
Pero, por aquel entonces, fui dándome cuenta poco a poco de que el Antiguo Testamento, debido a su versión manifiestamente falsa de la historia del mundo, con su Torre de Babel, el arco iris como signo, etcétera y al hecho de atribuir a Dios los sentimientos de un tirano vengativo, no era más de fiar que los libros sagrados de los hindúes o las creencias de cualquier bárbaro.
Me resulta difícil comprender que alguien deba desear que el cristianismo sea verdad, pues, de ser así, el lenguaje liso y llano de la Biblia parece mostrar que las personas que no creen —y entre ellas se incluiría a mi padre, mi hermano y casi todos mis mejores amigos— recibirán un castigo eterno.
Y ésa es una doctrina detestable.
La persona que no crea de manera segura y constante en la existencia de un Dios personal o en una existencia futura con castigos y recompensas puede tener como regla de vida, hasta donde a mí se me ocurre, la norma de seguir únicamente sus impulsos e instintos más fuertes o los que le parezcan los mejores. […] Luego, de acuerdo con el veredicto de las personas más sabias, halla su suprema satisfacción en seguir unos impulsos determinados, a saber, los instintos sociales. Si actúa por el bien de los demás, recibirá la aprobación de sus prójimos y conseguirá el amor de aquellos con quienes convive; este último beneficio es, sin duda, el placer supremo en esta Tierra. Poco a poco le resultará insoportable obedecer a sus pasiones sensuales y no a sus impulsos más elevados, que cuando se hacen habituales pueden calificarse casi de instintos.
Estos son algunos de los fragmentos de la Autobiografía (1877) de Charles Darwin mutilados por su esposa, quien juzgó que estaban escritos «con demasiada libertad». Sólo a partir de 1950 se recuperó la versión íntegra del texto. En castellano, se puede encontrar editada por Laetoli.
¿Sabéis quién dijo que todo es relativo? Albert Einstein: el mejor inventor de la historia.
Mi profe, ayer, en otro arranque de lucidez, quiso despedir el trimestre explicándonos que la realidad no existe, que cada cual la interpreta a su manera, etcétera. La frase es literal y quizás no la tontería más grande que ha soltado desde octubre, aunque cueste creerlo. Con esto dan comienzo oficialmente mis vacaciones (¡vacaciones!). Si notáis que baja el ritmo por mi parte, es porque la Bartola y yo necesitamos retomar nuestra intimidad (¡vacaciones!).