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¿Os suena? A los que estuvisteis en las Jornadas de Blogs&Ciencia, es probable que sí. No sé si es exactamente el mismo anuncio que nos leyó Héctor en su conferencia, pero, si no lo es, se le parece mucho (esa peculiar «garantía» es inolvidable)… el caso es que lo acabo de reencontrar en un artículo de ELPAÍS, donde se cuenta que, tras semejante publicidad, se escondía toda una secta cuyos líderes acaban de ser detenidos. Al parecer conseguían doblegar y anular a aquellos que requerían sus «servicios», llegando a cobrarles 3000 € por cada sesión de brujería, adueñándose de sus posesiones y obligándolos a realizar tareas de limpieza (a ellas) o de albañilería (a ellos).
Me ha sorprendido encontrar ese anuncio, del que tanto nos reímos, en un contexto tan diferente. ¿Las creencias en lo paranormal no le hacen daño a nadie? Los cojones.
Uno de los sueños del arte ha sido siempre vencer a la muerte, o al menos, jugar la partida durante más tiempo que el artista, o el dueño de la obra. El miedo a desaparecer está especialmente presente en el arte funerario de todas las épocas, (y, por extensión, en el arte religioso), pero también en los retratos pictóricos de quienes podían permitírselos.
No es de extrañar, por tanto, que, nada más aparecer, la fotografía adoptase las funciones «conmemorativas» que antes cumplía la pintura: después de todo, dejaba un registro más fiel del retratado y, en general, era más asequible que los honorarios de un buen pintor.
Lo que no sabía yo es que en la era victoriana, les diese tan fuerte con esto de «recordar a los difuntos» como para hacer fotografías de cadáveres. Es lo que se conoce como fotografía post-mortem, memento mori o memorial portraiture. Algunos de estos difuntos aparecían retratados directamente en sus ataúdes, o tumbados, como si estuviesen dormidos. Pero en otros casos, se intentaba simular que seguían vivos, dando lugar a imágenes tan… inquietantes como estas.
Se nota que son cadáveres por la peana oculta que les sirve de apoyo, las manos rígidas, la mirada perdida o, en ocasiones, las pupilas dibujadas sobre los párpados en la fotografía (cuando no aparecen directamente cerrados). ¿Os imagináis, posar en la foto con el cadáver de tu hermano mayor? ¡Sonríe, nena!
Por cierto, parece que este tipo de fotografía se vende muy bien en eBay, así que si os queda algún recuerdo de vuestros muertos, o de algún antepasado que parezca estarlo, sabed que podéis ganar bastante dinero.
He gastado 200 millones en jueces… perdón, en abogados.
(Silvio Berlusconi, primer Ministro de Italia… impagable. No dejéis de visitar la noticia original, no tiene desperdicio. Entre otras lindezas, Berlusconi afirma ser «el hombre político más perseguido por la magistratura de toda la historia, de todas las épocas del mundo», sin contar con los de Gürtel, se entiende)
Hace semanas, a raíz de un post en el que Rowan Atkinson (Mr.Bean) «interpretaba» música de Beethoven, prometí (y olvidé) colgar una versión más razonable de la sonata Claro de Luna, que la que había encontrado EC-JPR (una de Richard Clayderman, que habría que eliminar de Youtube y de la faz de la tierra). El intérprete elegido en esta ocasión es Wilhelm Kempff, que además tiene el buen gusto de prescindir en la grabación de velitas, lunas y demás ataques líricos con patchouli. Como Claro de Luna es una sonata de sobra conocida y de El Maestro hemos hablado ya en bastantes ocasiones, os dejaré escapar con un par de observaciones.
Beethoven es el mayor músico de la historia, ante todo, por su dominio del ritmo y la armonía. Si os fijáis, la melodía principal (en la voz aguda, 0’24») está construida con un motivo rítmico de tres figuras que recaen sobre una misma nota y se repite incansablemente: soool#-sol#-sol#. Es una cosa muy tonta, tan sencilla que parece imposible sacar nada de ahí, ¡pero funciona! Tiene dramatismo, es fácil de recordar, se reconoce de inmediato en cualquier lugar en el que suene y se pueden idear infinitas variaciones partiendo de ahí, sin que termine de perder su identidad. Funciona tan bien, precisamente porque el ritmo es lo primero que nos llega de la música (tendría su equivalente en los contornos de una imagen, por ejemplo). Si cambias las notas de una melodía respetando el ritmo, probablemente, seguirá siendo reconocible. Si cambias el ritmo… se perderá mucho antes. Podéis hacer la prueba.
Beethoven es brillante por eso: utiliza motivos principalmente rítmicos que repite a lo largo de toda la obra, dotándola de una gran «unidad». Puedes escuchar Claro de Luna entero sin tener la sensación de que esté escrito «a cachos». Al contrario, es una obra muy fluida. Sin embargo, utiliza una gran cantidad de melodías y materiales diferentes. Si logran formar parte de un «todo» es porque tienen elementos comunes, porque parten de las mismas ideas primigenias: sencillas, contundentes, memorables.
Otra célula que da gran unidad al primer movimiento es el acompañamiento en tresillos de la mano derecha que no cesa de repetirse hasta el final: sol#-do#-mi, sol#-do#-mi… siempre tres notas ascendentes, que aportan toda la información armónica de la pieza. Es por tanto la voz que lleva toda la carga emocional: un motivo obsesivo, que va variando el color de la música a base de manchas. La melodía es indiferente (Beethoven nunca fue un gran compositor de melodías, de hecho, sólo escribió una ópera en su vida), lo que importa son los sonidos, sin contornos, por los que el acompañamiento nos va llevando. De hecho, es muy difícil silbar una pieza de Beethoven: se perdería lo esencial, la armonía, ¿cómo vas a silbar una mancha?
Sólo hay un momento en que este motivo de tresillos varía. En el minuto 2’08», la primera nota de cada tres, empieza a dibujar una nueva melodía y las otras dos siguen funcionando como acompañamiento. Me parece un momento especialmente trágico de la pieza. El protagonista de la escena se ha callado y el coro griego, que hasta entonces había permanecido imparcial, en un segundo plano, observando su actuación, se dirige al público con voz solemne: su aportación es contundente, objetiva, incuestionable, premonitoria. En 3’17», vuelve el tema principal, pero el coro (los tresillos), el verdadero protagonista, ya ha dictado sentencia.
Beethoven es el mayor músico de la historia porque todo lo que ha compuesto son sinfonías. En sus obras, cada voz tiene un papel, una personalidad distinguible, un instrumento propio.
Beethoven es el mayor músico de la historia porque fue el último clásico y el primer romántico. Revolucionó las formas musicales, desarrolló la armonía clásica, cambió el estatus del artista e incluso quiso suicidarse. Esta sonata es de 1801, un año anterior al Testamento de Heiligenstadt, en el que Beethoven describe la desesperación causada por su creciente sordera. A partir de este momento, se considera que las composiciones de Beethoven cobran un nuevo carácter, más heroico, más apasionado, más próximo, precisamente, al Romanticismo musical.